viernes, 21 de agosto de 2026

Avísame cuando llegues.

Sus manos frías sobre mi pelo; saber que no había mayor acto de rebeldía que una tarde junto a ella. El tiempo se detenía y parecía correr de forma extraña, un poco confusa. Sus ojos eran una antología de viejos amores e historias que la habían matado más de una vez. Hablábamos en una lengua muerta, un idioma casi extinto y desconocido, a veces sin emitir palabra alguna. Ese silencio empezó a crecer entre nosotros: primero tímido, después inevitable, como si ambos entendiéramos que lo que venía ya no era conversación sino despedida. Quedamos quietos un rato largo, demasiado largo para ser cómodo, demasiado corto para todo lo que estaba en juego. Ella jugaba con una hebra suelta de su buzo y yo miraba sus dedos como si ahí estuviera la explicación de todo. El silencio era espeso, casi un tercero en la habitación, un testigo que no iba a declarar a favor de ninguno. Pensé en decir algo importante, algo digno, algo que quedara. Pero las palabras se me hicieron torpes, inútiles, deformes. Ella también buscó algo para decir; lo noté en el temblorcito mínimo del labio, ese que siempre le aparecía cuando estaba por quebrarse. Pero no se quebró. Ninguno de los dos se dio ese permiso. Al final, soltó una frase mínima, absurda, casi ridícula en su simpleza: —Avisame cuando llegues. Esa fue su manera de decir «cuidate», «te quiero», «ya no sé qué hacer con esto». Yo respondí igual de simple: —Dale. Ahí terminó todo. Ella bajó la mirada primero; yo me levanté después. Ninguna escena, ningún abrazo épico, nada que se pueda recordar con claridad. Solo esa frase chiquita que cayó en el medio como una moneda fría y selló el final. Cuando crucé la puerta, sentí el golpe sordo del mundo retomando su forma. Ese fue el verdadero adiós: la certeza de que no íbamos a volver a hablar la misma lengua. Aunque siguiéramos pronunciando palabras parecidas.

martes, 11 de agosto de 2026

Lucia

Protagonista de un sueño , un día te hiciste realidad y me llenaste de alegría y abrazos de esos que son sanadores. Te espere antes de saber que venías anticipe tu llegada muchos años antes de tu nacimiento. Quien pudiera hoy romper esta distancia y darnos esos abrazos cuando venías a verme, y me contabas tu semana en el colegio y todas las cosas que te pasaban .quien pudiera oírte no parar de hablar y reírte de cualquier payasada. Mis manos se agrietan de agarrar las tuyas e ir a la plaza o caminar por cualquier lado y compartir un rato ,mi pecho se infla por escucharte y mi mente busca algun recuerdo mínimo para no dejar de olvidarte. ..

jueves, 6 de agosto de 2026

El obsceno sabor de tus labios cerca de mi humanidad; tu boca infame, como una brisa, pasa por mí esta noche de abril. Pantallazos de momentos y tu facilidad para hacerme sentir tan roto, tan miserable frente al resto de la gente...

domingo, 2 de agosto de 2026

¿Y si en otra vida te lloro al nacer y te aprendo en la escuela? ¿Y si mi boca todavía no dijo tu nombre? Si mañana me muero... ¿cómo voy a hacer para encontrarte en mi nueva vida? Creceré despacio. Me enseñarán el mundo y te iré aprendiendo a vos; no en los libros ni en los pizarrones, sino en el espacio que dejes en los márgenes, en esa materia pendiente que nadie va a saber explicarme. Mi cuerpo irá ganando años. Caminaré por los lugares que tenga que caminar, atravesaré mapas inevitables y me perderé por calles sin nombre, avenidas mudas y desiertas, exactamente igual que se queda mi boca cada vez que tu nombre no llega a sonar. Viajaré a grandes ciudades. Me perderé en la marea anónima de alguna de ellas y parecerá, a simple vista, que no hay forma de recordarte. Creceré del todo. Besaré otras bocas con verdad, me entregaré a otros abrazos y amaré como juré que nunca volvería a amar. Construiré una vida llena, con días luminosos y adioses reales. Y, sin embargo, bajo el peso de toda esa felicidad, ese vacío latente de tu ausencia me seguirá llamando, constante como un pulso bajo la piel. Cuando por las noches te busque y no tengamos recuerdos juntos a los que aferrarme; cuando los no-recuerdos vuelvan a invadir mi memoria en forma de déjà vu, el mundo volverá a ponerse de costado. Sentiré la extraña nostalgia de una conversación que jamás tuvimos, de una esquina en la que jamás te esperé. Y ahí, a oscuras, mi alma —enajenada de tanta vida, empapada de un tiempo que no le alcanza— te va a buscar otra vez. Me voy a detener en medio de cualquier multitud. Voy a mirar a los desconocidos que crucen a mi lado y voy a hacerme la última pregunta: ¿Tendremos las mismas caras? ¿Te reconocería entre la gente, aun si fueras otra?

jueves, 11 de junio de 2026

Las tres de la mañana

Por las tres de la mañana el mundo se apaga. Las ventanas se van oscureciendo y la gente duerme, como si la ciudad hubiera decidido cerrar los ojos por un rato. A esa hora se dicen las verdades más crudas. También nacen los versos más tristes. Los recuerdos afloran. Y él vuelve a caminar. Las calles de San Telmo todavía respiran a esa hora. La humedad queda pegada en los adoquines y las luces amarillas dibujan sombras largas contra las paredes viejas. Los bares siguen abiertos como pequeñas islas donde se refugian los que no quieren volver a casa. En uno de esos bares empezó todo. O tal vez terminó. Al principio creyó que el olvido era una cuestión de tiempo. Después pensó que era una cuestión de alcohol. Aprendió a beber como si cada vaso fuera una promesa de silencio. Whisky, vino barato, cerveza tibia a las cuatro de la mañana. A veces ni recordaba en qué bar había empezado la noche. En esas mesas conoció mujeres. Muchas. Algunas con risas fáciles, otras con la tristeza bien escondida detrás de los ojos. Mujeres que también parecían estar escapando de algo. Las besaba como quien intenta apagar un incendio con las manos. Pero siempre pasaba lo mismo. Cuando la música bajaba, cuando el bar se vaciaba, cuando las conversaciones se volvían ruido de fondo… volvía ella. Su forma de mirar. Su voz. El gesto exacto de acomodarse el pelo detrás de la oreja. Ninguna de esas mujeres era ella. Entonces la noche seguía. Otro bar. Otra copa. Otra charla sin destino. A veces terminaba caminando sin rumbo por San Telmo, dejando que el frío de la madrugada le limpiara un poco la cabeza. Pero la mañana siempre llegaba. Y la mañana era lo peor. La luz entraba por la ventana sin pedir permiso. La boca seca. La cabeza pesada como si alguien hubiera dejado una piedra dentro del cráneo. El silencio del departamento tenía algo cruel. Se levantaba despacio, arrastrando los pies hasta el baño. Y ahí estaba el espejo. La cara cansada, los ojos hinchados, la barba desordenada. Ese gesto torcido de alguien que ya no reconoce del todo al hombre que tiene enfrente. Le daba asco. Asco de la noche anterior. Asco del alcohol. Asco de esa búsqueda absurda que siempre terminaba igual. Se miraba unos segundos más. Como esperando encontrar una respuesta en ese rostro cansado. Pero no había ninguna. Entonces se lavaba la cara, encendía un cigarrillo, y trataba de convencerse de que esa noche no iba a volver a pasar. Que no iba a caminar otra vez por las mismas calles. Que no iba a volver a ese pequeño bar. Pero por las tres de la mañana el mundo se apaga. La gente duerme. Las verdades más crudas vuelven a aparecer. Y en algún rincón de San Telmo, él termina otra vez sentado en la misma mesa, mirando la puerta. Por si acaso. Por si una noche, contra toda lógica, ella decide volver.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Otoño

 Serán las cortinas

será el frío en los huesos

los trenes, las despedidas

serán todas las derrotas

las manos en los bolsillos

será que otra vez es lunes de cenizas

el fondo monetario, las deudas

los posillos, las migas

serán las trincheras de lo cotidiano 

los vidrios molidos, las calles vacías

la casa de espectros

los espejos, los recuerdos

será la tarde que muere en el ocaso

será este otoño

el corazón con olor a guardado

la tristeza como manchas de humedad

la pelusa del piso

el humo de tabaco

serán todos mis muertos

mis mártires, mis verdugos

el olor a remolacha

las alas entumecidas

la radio chiquita que satura un tango

el llavero, las baldosas

el lunes, el llanto…

lunes, 30 de marzo de 2026

Conocerte fue un seísmo sin escala. Venía con la mirada perdida, apenas sosteniéndome entre empujones, valijas, vendedores ambulantes y anuncios de trenes retrasados. El aire olía a metal y a café rancio. Todo era un río humano avanzando sin mirar atrás. Y ahí estabas vos, en medio de la selva de pasos. No sé si fue tu quietud mientras todos corrían o la forma en que tu mirada me encontró, como si supiera exactamente dónde estaría. No hubo presentación, ni palabra: apenas un cruce que me obligó a detenerme, como si los frenos se hubieran activado solos. Me acerqué torpe, esquivando cuerpos que pasaban entre nosotros como ramas intentando tapar el claro. No recuerdo qué dije; quizá un balbuceo, un saludo absurdo que no estaba a la altura del temblor que me recorría. Vos sonreíste como si ya me hubieras esperado. El ruido alrededor siguió siendo estruendo, pero en nuestro pequeño círculo, todo se volvió silencio. El tiempo se comportó raro: los segundos caían lentos, como gotas en un vaso desbordado. Hablamos, o fingimos hablar, porque lo único que importaba era esa distancia mínima que se acortaba. Tus ojos tenían la calma que faltaba en la estación, y yo respiraba distinto, aprendiendo un ritmo nuevo para estar frente a vos. No hubo prisa, ni escapatoria. Nos miramos como quien sabe que el siguiente paso no admite demora. Y en medio del ruido de trenes, de gritos que anunciaban llegadas y despedidas, nuestras bocas se encontraron. El beso fue torpe y perfecto, húmedo de humanidad, lleno de todo lo que todavía no sabíamos decirnos. Un instante suspendido en el caos, como si el mundo se hubiera corrido apenas para dejarnos probar lo que empezaba a nacer. El beso duró segundos eternos. No había trenes, ni pasos, ni vendedores, ni relojes; todo se diluyó como niebla alrededor. Solo existíamos vos y yo, atrapados en un contacto que lo decía todo sin palabras. Tus manos rozaban las mías, tanteando al principio, con una certeza que me dejó sin aire. Cada gesto tuyo era una avalancha, y yo no sabía si caer o sostenerme, si dejar que todo se rompiera o intentar retener algo de cordura. Mi pecho se agitaba con un ritmo desconocido. El ruido de la estación seguía allí, lejano, un murmullo irrelevante comparado con la vibración que recorría mi cuerpo. Cada segundo traía claridad brutal: conocerte no era un accidente ni un juego. Era un impacto que dolía y excitaba a la vez, dejando cicatrices invisibles y ansias imposibles de nombrar. Cuando nos separamos apenas unos centímetros, sentí haber perdido el equilibrio. Algo dentro mío había cambiado para siempre. Tus ojos me sostenían y a la vez me atravesaban, y por un instante dudé si el mundo real volvería a existir, o si habíamos abierto una grieta que jamás se cerraría. Conocerte fue eso: un choque sin aviso, un instante que desarmó todo lo que creía mi mundo y dejó, en su lugar, un espacio desconocido, vibrante, peligroso y hermoso. No hubo pasos atrás, ni escalas, solo el temblor persistente de lo que acababa de empezar.

Avísame cuando llegues.

Sus manos frías sobre mi pelo; saber que no había mayor acto de rebeldía que una tarde junto a ella. El tiempo se detenía y parecía correr d...