jueves, 11 de junio de 2026

Las tres de la mañana

Por las tres de la mañana el mundo se apaga. Las ventanas se van oscureciendo y la gente duerme, como si la ciudad hubiera decidido cerrar los ojos por un rato. A esa hora se dicen las verdades más crudas. También nacen los versos más tristes. Los recuerdos afloran. Y él vuelve a caminar. Las calles de San Telmo todavía respiran a esa hora. La humedad queda pegada en los adoquines y las luces amarillas dibujan sombras largas contra las paredes viejas. Los bares siguen abiertos como pequeñas islas donde se refugian los que no quieren volver a casa. En uno de esos bares empezó todo. O tal vez terminó. Al principio creyó que el olvido era una cuestión de tiempo. Después pensó que era una cuestión de alcohol. Aprendió a beber como si cada vaso fuera una promesa de silencio. Whisky, vino barato, cerveza tibia a las cuatro de la mañana. A veces ni recordaba en qué bar había empezado la noche. En esas mesas conoció mujeres. Muchas. Algunas con risas fáciles, otras con la tristeza bien escondida detrás de los ojos. Mujeres que también parecían estar escapando de algo. Las besaba como quien intenta apagar un incendio con las manos. Pero siempre pasaba lo mismo. Cuando la música bajaba, cuando el bar se vaciaba, cuando las conversaciones se volvían ruido de fondo… volvía ella. Su forma de mirar. Su voz. El gesto exacto de acomodarse el pelo detrás de la oreja. Ninguna de esas mujeres era ella. Entonces la noche seguía. Otro bar. Otra copa. Otra charla sin destino. A veces terminaba caminando sin rumbo por San Telmo, dejando que el frío de la madrugada le limpiara un poco la cabeza. Pero la mañana siempre llegaba. Y la mañana era lo peor. La luz entraba por la ventana sin pedir permiso. La boca seca. La cabeza pesada como si alguien hubiera dejado una piedra dentro del cráneo. El silencio del departamento tenía algo cruel. Se levantaba despacio, arrastrando los pies hasta el baño. Y ahí estaba el espejo. La cara cansada, los ojos hinchados, la barba desordenada. Ese gesto torcido de alguien que ya no reconoce del todo al hombre que tiene enfrente. Le daba asco. Asco de la noche anterior. Asco del alcohol. Asco de esa búsqueda absurda que siempre terminaba igual. Se miraba unos segundos más. Como esperando encontrar una respuesta en ese rostro cansado. Pero no había ninguna. Entonces se lavaba la cara, encendía un cigarrillo, y trataba de convencerse de que esa noche no iba a volver a pasar. Que no iba a caminar otra vez por las mismas calles. Que no iba a volver a ese pequeño bar. Pero por las tres de la mañana el mundo se apaga. La gente duerme. Las verdades más crudas vuelven a aparecer. Y en algún rincón de San Telmo, él termina otra vez sentado en la misma mesa, mirando la puerta. Por si acaso. Por si una noche, contra toda lógica, ella decide volver.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Otoño

 Serán las cortinas

será el frío en los huesos

los trenes, las despedidas

serán todas las derrotas

las manos en los bolsillos

será que otra vez es lunes de cenizas

el fondo monetario, las deudas

los posillos, las migas

serán las trincheras de lo cotidiano 

los vidrios molidos, las calles vacías

la casa de espectros

los espejos, los recuerdos

será la tarde que muere en el ocaso

será este otoño

el corazón con olor a guardado

la tristeza como manchas de humedad

la pelusa del piso

el humo de tabaco

serán todos mis muertos

mis mártires, mis verdugos

el olor a remolacha

las alas entumecidas

la radio chiquita que satura un tango

el llavero, las baldosas

el lunes, el llanto…

lunes, 30 de marzo de 2026

Conocerte fue un seísmo sin escala. Venía con la mirada perdida, apenas sosteniéndome entre empujones, valijas, vendedores ambulantes y anuncios de trenes retrasados. El aire olía a metal y a café rancio. Todo era un río humano avanzando sin mirar atrás. Y ahí estabas vos, en medio de la selva de pasos. No sé si fue tu quietud mientras todos corrían o la forma en que tu mirada me encontró, como si supiera exactamente dónde estaría. No hubo presentación, ni palabra: apenas un cruce que me obligó a detenerme, como si los frenos se hubieran activado solos. Me acerqué torpe, esquivando cuerpos que pasaban entre nosotros como ramas intentando tapar el claro. No recuerdo qué dije; quizá un balbuceo, un saludo absurdo que no estaba a la altura del temblor que me recorría. Vos sonreíste como si ya me hubieras esperado. El ruido alrededor siguió siendo estruendo, pero en nuestro pequeño círculo, todo se volvió silencio. El tiempo se comportó raro: los segundos caían lentos, como gotas en un vaso desbordado. Hablamos, o fingimos hablar, porque lo único que importaba era esa distancia mínima que se acortaba. Tus ojos tenían la calma que faltaba en la estación, y yo respiraba distinto, aprendiendo un ritmo nuevo para estar frente a vos. No hubo prisa, ni escapatoria. Nos miramos como quien sabe que el siguiente paso no admite demora. Y en medio del ruido de trenes, de gritos que anunciaban llegadas y despedidas, nuestras bocas se encontraron. El beso fue torpe y perfecto, húmedo de humanidad, lleno de todo lo que todavía no sabíamos decirnos. Un instante suspendido en el caos, como si el mundo se hubiera corrido apenas para dejarnos probar lo que empezaba a nacer. El beso duró segundos eternos. No había trenes, ni pasos, ni vendedores, ni relojes; todo se diluyó como niebla alrededor. Solo existíamos vos y yo, atrapados en un contacto que lo decía todo sin palabras. Tus manos rozaban las mías, tanteando al principio, con una certeza que me dejó sin aire. Cada gesto tuyo era una avalancha, y yo no sabía si caer o sostenerme, si dejar que todo se rompiera o intentar retener algo de cordura. Mi pecho se agitaba con un ritmo desconocido. El ruido de la estación seguía allí, lejano, un murmullo irrelevante comparado con la vibración que recorría mi cuerpo. Cada segundo traía claridad brutal: conocerte no era un accidente ni un juego. Era un impacto que dolía y excitaba a la vez, dejando cicatrices invisibles y ansias imposibles de nombrar. Cuando nos separamos apenas unos centímetros, sentí haber perdido el equilibrio. Algo dentro mío había cambiado para siempre. Tus ojos me sostenían y a la vez me atravesaban, y por un instante dudé si el mundo real volvería a existir, o si habíamos abierto una grieta que jamás se cerraría. Conocerte fue eso: un choque sin aviso, un instante que desarmó todo lo que creía mi mundo y dejó, en su lugar, un espacio desconocido, vibrante, peligroso y hermoso. No hubo pasos atrás, ni escalas, solo el temblor persistente de lo que acababa de empezar.

sábado, 7 de marzo de 2026

Estás en todos lados. No exagero: te metes en cada conversación casi sin darme cuenta. Termino hablando de vos con cada mujer que se me cruza, aunque el tema sea el clima, el trabajo o cualquier banalidad que no tenga nada que ver con vos. Es automático. Como si mi boca no hubiera entendido que ya no estamos. Como si necesitara probar, una y otra vez, que lo que vivimos fue real. Que no lo inventé. Que no fui el único que sintió el incendio. Ellas escuchan. Algunas por cortesía. Otras con curiosidad. Yo hablo como si estuviera rindiendo examen de algo que ya desaprobé. Digo “nosotros” y me doy cuenta tarde de que ese plural ya no existe. Pero lo sigo usando, como un hábito que se resiste a morir. Uso nuestra historia como escudo y como excusa. Digo que fue intensa, que fue única, que fue imposible. Lo que no digo es que sigo ahí, detenido en un capítulo que ya terminó. Estás en todos lados porque yo te llevo encima: en la memoria, en la lengua, en las comparaciones que hago sin querer. Nadie pasa limpia por mi vida; todas pisan los restos de lo que fuimos. Y lo peor es que no sé si hablo de vos para recordarte… o para no olvidarme de quién fui cuando te amaba.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Ensayo general del destino

 Respiro porque es un reflejo mecánico, o por el capricho de alguna deidad aburrida de tanta eternidad. Recuerdo no-recuerdos juntos, cosas que no vivimos, que no pudimos compartir, y me pregunto tantas noches el por qué.

Aunque yo me haya quedado atrás. Porque la costumbre es más fuerte que cualquier despedida. Hay noches en que me gustaría olvidarme de hacerlo, dejar que el aire pase de largo y se busque otro huésped menos roto. Pero vuelvo. Vuelvo siempre, como un perro que nunca aprende el camino contrario.

Te pienso sin tenerte, y eso también cansa. Es un ejercicio absurdo: repasar caricias que no existieron, peleas que no tuvimos, viajes que nunca hicimos porque la vida, tan prolija, nos sentó en mesas distintas. Inventé domingos con vos; inventé cafés; inventé tu risa apoyada en mi hombro. Fui culpable de ese delito mínimo: creer que alguna vez nos tocaba el milagro.

Me pregunto por qué, pero el porqué no contesta. Se queda mirándome como una puerta que no abre. Tal vez no había que entender nada. Tal vez éramos apenas un ensayo general, un borrador del destino que alguien arrugó antes de tiempo. Y, sin embargo, duele —lo digo sin maquillaje—: duele en los huesos, en esas partes del alma que los médicos no nombran.

Hay días en que me vuelvo conservador hasta el hueso y pienso que el amor debía haber sido sencillo: mirarte, elegirte y ya está; como antes, cuando las cosas no venían con manual ni diagnósticos ni “no era el momento”. Pero nos tocó esta época ansiosa, llena de ruidos, y vos y yo aprendimos a perdernos con elegancia.

Si algún día volvemos a cruzarnos —no lo prometo, no lo invoco—, quiero que al menos sepas esto: no fuiste un capítulo; fuiste el libro que no me animé a abrir.

martes, 2 de septiembre de 2025

Fin del mundo

 Esa mañana

varios planetas se alinearán

generando un cataclismo en nuestro sistema solar,

y él pondrá el mismo disco,

la misma canción una y otra vez

con tal de retenerla al menos en su recuerdo.


Esa mañana

las guerras seguirán devorando vidas inocentes,

y miles continuarán hipnotizados en su rutina diaria,

yendo a cualquier lado sin saber a dónde,

comprando lo que creen necesitar

para llenar vacíos que ni siquiera saben nombrar.


Esa mañana

quizá el sol tarde un poco más en salir,

escondido tras las nubes,

y los gorriones busquen un lugar donde guarecerse.


Quizá no pase nada extraordinario,

y sin embargo el mundo seguirá siendo un lugar injusto y horrible.


Esa mañana no habrá milagros,

solo hombres corriendo detrás de relojes,

niños naciendo en campos de guerra,

ciudades que se derrumban en silencio.


Y todos fingirán que nada pasa,

como si el fin del mundo fuera apenas

otra noticia que nadie quiere leer.

domingo, 24 de agosto de 2025

Cecilia

 Cecilia camina entre mis recuerdos como quien pisa un sendero conocido: sin prisas, sin miedo. Su voz no hace falta; incluso el silencio que deja a su paso habla más que cualquier confesión. Hay en ella algo que trasciende el tiempo, un secreto suave que me recuerda que hay amores que no se van, que permanecen en los pliegues de la memoria como una luz que nunca se apaga.


No la busco, y sin embargo siempre aparece: en un gesto, en una mirada que atraviesa el presente, en un eco de lo que alguna vez fuimos. Cecilia no reclama, no exige, no espera; simplemente existe. Y en esa existencia se siente la densidad de todo lo que el mundo quiso arrancarnos y no pudo.


A veces la imagino hablándome de cosas que aún no entiendo, enseñándome sin enseñarme, dejando caer su sabiduría como hojas suaves sobre mi pecho. Y mientras la miro, descubro que el amor verdadero no necesita posesión; basta con reconocerse, aunque sea por un instante, en la misma luz que alguna vez nos iluminó.


Recuerdo cómo su risa podía ser ligera y contener mundos enteros, como si cada sonido suyo guardara historias que no se contaban, que simplemente se sentían. Y aunque hace tiempo que no estamos juntos, su sombra se arrastra por mis días: en la luz de la tarde, en un olor que me lleva a otra estación, en la música de fondo que recuerda que hubo un tiempo en que el amor podía ser tan simple y tan complejo al mismo tiempo.


Y sé que quizá nunca la vuelva a ver, pero a veces cierro los ojos y la imagino en un café cualquiera, en una esquina de Palermo, caminando tranquila, como si el mundo entero hubiera aprendido a esperarla. Y yo, sin atreverme a acercarme, me quedo contemplando la calma que siempre me enseñó.

Las tres de la mañana

Por las tres de la mañana el mundo se apaga. Las ventanas se van oscureciendo y la gente duerme, como si la ciudad hubiera decidido cerrar l...