lunes, 30 de marzo de 2026

Conocerte fue un seísmo sin escala. Venía con la mirada perdida, apenas sosteniéndome entre empujones, valijas, vendedores ambulantes y anuncios de trenes retrasados. El aire olía a metal y a café rancio. Todo era un río humano avanzando sin mirar atrás. Y ahí estabas vos, en medio de la selva de pasos. No sé si fue tu quietud mientras todos corrían o la forma en que tu mirada me encontró, como si supiera exactamente dónde estaría. No hubo presentación, ni palabra: apenas un cruce que me obligó a detenerme, como si los frenos se hubieran activado solos. Me acerqué torpe, esquivando cuerpos que pasaban entre nosotros como ramas intentando tapar el claro. No recuerdo qué dije; quizá un balbuceo, un saludo absurdo que no estaba a la altura del temblor que me recorría. Vos sonreíste como si ya me hubieras esperado. El ruido alrededor siguió siendo estruendo, pero en nuestro pequeño círculo, todo se volvió silencio. El tiempo se comportó raro: los segundos caían lentos, como gotas en un vaso desbordado. Hablamos, o fingimos hablar, porque lo único que importaba era esa distancia mínima que se acortaba. Tus ojos tenían la calma que faltaba en la estación, y yo respiraba distinto, aprendiendo un ritmo nuevo para estar frente a vos. No hubo prisa, ni escapatoria. Nos miramos como quien sabe que el siguiente paso no admite demora. Y en medio del ruido de trenes, de gritos que anunciaban llegadas y despedidas, nuestras bocas se encontraron. El beso fue torpe y perfecto, húmedo de humanidad, lleno de todo lo que todavía no sabíamos decirnos. Un instante suspendido en el caos, como si el mundo se hubiera corrido apenas para dejarnos probar lo que empezaba a nacer. El beso duró segundos eternos. No había trenes, ni pasos, ni vendedores, ni relojes; todo se diluyó como niebla alrededor. Solo existíamos vos y yo, atrapados en un contacto que lo decía todo sin palabras. Tus manos rozaban las mías, tanteando al principio, con una certeza que me dejó sin aire. Cada gesto tuyo era una avalancha, y yo no sabía si caer o sostenerme, si dejar que todo se rompiera o intentar retener algo de cordura. Mi pecho se agitaba con un ritmo desconocido. El ruido de la estación seguía allí, lejano, un murmullo irrelevante comparado con la vibración que recorría mi cuerpo. Cada segundo traía claridad brutal: conocerte no era un accidente ni un juego. Era un impacto que dolía y excitaba a la vez, dejando cicatrices invisibles y ansias imposibles de nombrar. Cuando nos separamos apenas unos centímetros, sentí haber perdido el equilibrio. Algo dentro mío había cambiado para siempre. Tus ojos me sostenían y a la vez me atravesaban, y por un instante dudé si el mundo real volvería a existir, o si habíamos abierto una grieta que jamás se cerraría. Conocerte fue eso: un choque sin aviso, un instante que desarmó todo lo que creía mi mundo y dejó, en su lugar, un espacio desconocido, vibrante, peligroso y hermoso. No hubo pasos atrás, ni escalas, solo el temblor persistente de lo que acababa de empezar.

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