martes, 31 de mayo de 2011

Me preocupan las cosas cotidianas. El instante
en que la tarde se para por un beso. Ese segundo
en el que un hombre encuentra la tristeza
agazapada entre cifras oficiales. O ese roce
de una piel que se somete a una caricia.

No sé de grandes cosas. Y hasta ignoro
lo que vale tu boca a precios de mercado.
Ni siquiera sería capaz de calcularte
en términos de euribor el porcentaje exacto
de mordiscos que me tocan esta noche.

Me parece, mi amor, que están las cosas
jodidamente mal. Así que ahora,
vencido y cautivado por tus labios,
me entrego a la derrota y abro nueva
hipoteca a tu nombre y si es posible
con vencimiento eterno entre tus piernas.
Recuerdo muchas veces tu sonrisa cansada,
y tu piel que temblaba y tu ceño fruncido.
La dulzura que entonces tenías cuando amabas,
cuando la vida era tu voz en el teléfono.

Te imagino y te veo como eras entonces:
una niña que andaba recortando la luna,
esa tierna pereza de todos los hoteles
y esas manos, tus manos, arañando mi espalda.

Te amaba como sólo se ama lo que nunca
será nuestro. Y te amo con el mismo desastre,
la misma desazón de un futuro imposible.
Jamás hicimos planes más allá de ese instante.

Cuando cierro los ojos en la noche de otra
me recorre la lengua ese sabor marino
que habitaba en tu sexo y moría en mi boca
con la sal del deseo de tu sudor sagrado.

Recuerdo el cigarrillo que fumabas con ansia,
y el miedo de los viernes, los medios días del lunes
y el camino a tu casa. Tus lágrimas al irnos.
Y esa mano de aire que rozaba mi cara.

Te quiero todavía. Y te querré ya siempre
con la misma certeza con la que en este ahora
sé que sólo serás un recuerdo, el latido
del corazón deshecho que dejó de buscarte.

Rodolfo Serrano
Si pudiera votarte, votaría tu risa al encontrarnos,
los labios agrietados por los besos. Votaría
el estremecimiento de tus muslos, los suspiros
que bebía de ti,
tus manos y tu pecho y tu cintura.

Hubiera sido así como elegirte
entre todos los signos de los cielos
y las tierras. Y lo mismo
que si el mundo se cebara mordiéndote la lengua,
igual que si mis manos te escribieran
por la piel de tu vientre algún poema
de amor y de abandono. Casi como
si tú fueras el libro de mi vida, el libro de horas
para rezarte vísperas de carne.

Si pudiera elegir, elegiría
tu gobierno de sueños. Tu dulce dictadura,
los caprichos con que vencías toda
la voluntad que yo mismo había dejado
prisionera en el cálido secreto de tu boca.

Ahora, en esta noche en que la tele
nos habla del desastre y la derrota
me siento yo también vencido y solo,
cuando ya he dimitido de pasiones,
y no soy candidato ya a tu cuerpo.

jueves, 24 de marzo de 2011

La primera vez que nos amamos supe

que la vida jamás ya sería igual.

Y ni siquiera yo

podría ser el mismo que era antes.

Que todo era distinto tras el mapa

descubierto en tu cuerpo. Distinto

como si el universo hubiera sido

un estallido de luz entre tus piernas

y todo hubiera estado

latiendo justo encima de tu vientre.

Y yo sin descubrirlo hasta ese instante.



Y supe, cuando

tu cara se hizo tierna como lluvia,

que la vida era el dulce sobresalto

de tu piel en mis manos. Y que antes

faltaban el delirio y me faltaban

la agonía y la muerte que notaba

corriendo por mi espalda y por mis venas.



Yo no sé si me entiendes. Pero ahora,

cuando han pasado años y caricias

y me sobran recuerdos, desearía

tener el manual que me enseñara

a vivir sin la voz que aquella noche

me susurró:

“Dios, qué hermosos

resultan los abrazos si estás triste”.



Hoy, que no sé si me amas, me refugio

en las manos que entonces amasaron

el pobre corazón que aún te persigue.

Y añoro en mi memoria la tristeza

de tu boca mordiendo

los labios que bebían de tu nombre.

domingo, 2 de enero de 2011

Me hablan de ti.
Desearía
el recuerdo lejano de tu nombre.
O que me golpeara como un puño.
tu rostro que no acierto
a dibujarte.
Que fueras el instante,
la palabra de amor nunca perdida.
Los meses
de pasión
o ese perfume,
de mis dedos
descubriendo tu pecho adolescente.

Ahora escucho tu nombre, y te lo juro,
quisiera que viniera
tu risa como un vaso
de vino a la cabeza.
Y sentir al oirlo
ese calor de labios y de axilas,
esa suave caricia
de tus pies en la cama.

Pero el tiempo
nos maldice cada día.
Nos echa entre los brazos del olvido.
Nos azuza los perros de la noche.
Te quisiera
tan viva en mi memoria
que pudiera
contar uno por uno los lunares
benditos de tu espalda.

Y, sin embargo,
es un nombre confundido en otros cuerpos
lo que me llega, al fin, cuando me dicen
las letras de tu nombre
que no es mío
y que ya no recuerdo, vida mía.
Serán las cortinas
será el frío en los huesos
los trenes, las despedidas
serán todas las derrotas
las manos en los bolsillos
será que otra vez es lunes de cenizas
el fondo monetario, las deudas
los posillos, las migas
serán las trincheras de Bin Laden
los vidrios molidos, las calles vacías
la casa de espectros
los espejos, los recuerdos
será la tarde que muere en el ocaso
será este otoño
el corazón con olor a guardado
la tristeza como manchas de humedad
la pelusa del piso
el humo de tabaco
serán todos mis muertos
mis mártires, mis verdugos
el olor a remolacha
las alas entumecidas
la radio chiquita que satura un tango
el llavero, las baldosas
el lunes, el llanto…

Avísame cuando llegues.

Sus manos frías sobre mi pelo; saber que no había mayor acto de rebeldía que una tarde junto a ella. El tiempo se detenía y parecía correr d...