viernes, 21 de agosto de 2026

Avísame cuando llegues.

Sus manos frías sobre mi pelo; saber que no había mayor acto de rebeldía que una tarde junto a ella. El tiempo se detenía y parecía correr de forma extraña, un poco confusa. Sus ojos eran una antología de viejos amores e historias que la habían matado más de una vez. Hablábamos en una lengua muerta, un idioma casi extinto y desconocido, a veces sin emitir palabra alguna. Ese silencio empezó a crecer entre nosotros: primero tímido, después inevitable, como si ambos entendiéramos que lo que venía ya no era conversación sino despedida. Quedamos quietos un rato largo, demasiado largo para ser cómodo, demasiado corto para todo lo que estaba en juego. Ella jugaba con una hebra suelta de su buzo y yo miraba sus dedos como si ahí estuviera la explicación de todo. El silencio era espeso, casi un tercero en la habitación, un testigo que no iba a declarar a favor de ninguno. Pensé en decir algo importante, algo digno, algo que quedara. Pero las palabras se me hicieron torpes, inútiles, deformes. Ella también buscó algo para decir; lo noté en el temblorcito mínimo del labio, ese que siempre le aparecía cuando estaba por quebrarse. Pero no se quebró. Ninguno de los dos se dio ese permiso. Al final, soltó una frase mínima, absurda, casi ridícula en su simpleza: —Avisame cuando llegues. Esa fue su manera de decir «cuidate», «te quiero», «ya no sé qué hacer con esto». Yo respondí igual de simple: —Dale. Ahí terminó todo. Ella bajó la mirada primero; yo me levanté después. Ninguna escena, ningún abrazo épico, nada que se pueda recordar con claridad. Solo esa frase chiquita que cayó en el medio como una moneda fría y selló el final. Cuando crucé la puerta, sentí el golpe sordo del mundo retomando su forma. Ese fue el verdadero adiós: la certeza de que no íbamos a volver a hablar la misma lengua. Aunque siguiéramos pronunciando palabras parecidas.

martes, 11 de agosto de 2026

Lucia

Protagonista de un sueño , un día te hiciste realidad y me llenaste de alegría y abrazos de esos que son sanadores. Te espere antes de saber que venías anticipe tu llegada muchos años antes de tu nacimiento. Quien pudiera hoy romper esta distancia y darnos esos abrazos cuando venías a verme, y me contabas tu semana en el colegio y todas las cosas que te pasaban .quien pudiera oírte no parar de hablar y reírte de cualquier payasada. Mis manos se agrietan de agarrar las tuyas e ir a la plaza o caminar por cualquier lado y compartir un rato ,mi pecho se infla por escucharte y mi mente busca algun recuerdo mínimo para no dejar de olvidarte. ..

jueves, 6 de agosto de 2026

El obsceno sabor de tus labios cerca de mi humanidad; tu boca infame, como una brisa, pasa por mí esta noche de abril. Pantallazos de momentos y tu facilidad para hacerme sentir tan roto, tan miserable frente al resto de la gente...

domingo, 2 de agosto de 2026

¿Y si en otra vida te lloro al nacer y te aprendo en la escuela? ¿Y si mi boca todavía no dijo tu nombre? Si mañana me muero... ¿cómo voy a hacer para encontrarte en mi nueva vida? Creceré despacio. Me enseñarán el mundo y te iré aprendiendo a vos; no en los libros ni en los pizarrones, sino en el espacio que dejes en los márgenes, en esa materia pendiente que nadie va a saber explicarme. Mi cuerpo irá ganando años. Caminaré por los lugares que tenga que caminar, atravesaré mapas inevitables y me perderé por calles sin nombre, avenidas mudas y desiertas, exactamente igual que se queda mi boca cada vez que tu nombre no llega a sonar. Viajaré a grandes ciudades. Me perderé en la marea anónima de alguna de ellas y parecerá, a simple vista, que no hay forma de recordarte. Creceré del todo. Besaré otras bocas con verdad, me entregaré a otros abrazos y amaré como juré que nunca volvería a amar. Construiré una vida llena, con días luminosos y adioses reales. Y, sin embargo, bajo el peso de toda esa felicidad, ese vacío latente de tu ausencia me seguirá llamando, constante como un pulso bajo la piel. Cuando por las noches te busque y no tengamos recuerdos juntos a los que aferrarme; cuando los no-recuerdos vuelvan a invadir mi memoria en forma de déjà vu, el mundo volverá a ponerse de costado. Sentiré la extraña nostalgia de una conversación que jamás tuvimos, de una esquina en la que jamás te esperé. Y ahí, a oscuras, mi alma —enajenada de tanta vida, empapada de un tiempo que no le alcanza— te va a buscar otra vez. Me voy a detener en medio de cualquier multitud. Voy a mirar a los desconocidos que crucen a mi lado y voy a hacerme la última pregunta: ¿Tendremos las mismas caras? ¿Te reconocería entre la gente, aun si fueras otra?

jueves, 11 de junio de 2026

Las tres de la mañana

Por las tres de la mañana el mundo se apaga. Las ventanas se van oscureciendo y la gente duerme, como si la ciudad hubiera decidido cerrar los ojos por un rato. A esa hora se dicen las verdades más crudas. También nacen los versos más tristes. Los recuerdos afloran. Y él vuelve a caminar. Las calles de San Telmo todavía respiran a esa hora. La humedad queda pegada en los adoquines y las luces amarillas dibujan sombras largas contra las paredes viejas. Los bares siguen abiertos como pequeñas islas donde se refugian los que no quieren volver a casa. En uno de esos bares empezó todo. O tal vez terminó. Al principio creyó que el olvido era una cuestión de tiempo. Después pensó que era una cuestión de alcohol. Aprendió a beber como si cada vaso fuera una promesa de silencio. Whisky, vino barato, cerveza tibia a las cuatro de la mañana. A veces ni recordaba en qué bar había empezado la noche. En esas mesas conoció mujeres. Muchas. Algunas con risas fáciles, otras con la tristeza bien escondida detrás de los ojos. Mujeres que también parecían estar escapando de algo. Las besaba como quien intenta apagar un incendio con las manos. Pero siempre pasaba lo mismo. Cuando la música bajaba, cuando el bar se vaciaba, cuando las conversaciones se volvían ruido de fondo… volvía ella. Su forma de mirar. Su voz. El gesto exacto de acomodarse el pelo detrás de la oreja. Ninguna de esas mujeres era ella. Entonces la noche seguía. Otro bar. Otra copa. Otra charla sin destino. A veces terminaba caminando sin rumbo por San Telmo, dejando que el frío de la madrugada le limpiara un poco la cabeza. Pero la mañana siempre llegaba. Y la mañana era lo peor. La luz entraba por la ventana sin pedir permiso. La boca seca. La cabeza pesada como si alguien hubiera dejado una piedra dentro del cráneo. El silencio del departamento tenía algo cruel. Se levantaba despacio, arrastrando los pies hasta el baño. Y ahí estaba el espejo. La cara cansada, los ojos hinchados, la barba desordenada. Ese gesto torcido de alguien que ya no reconoce del todo al hombre que tiene enfrente. Le daba asco. Asco de la noche anterior. Asco del alcohol. Asco de esa búsqueda absurda que siempre terminaba igual. Se miraba unos segundos más. Como esperando encontrar una respuesta en ese rostro cansado. Pero no había ninguna. Entonces se lavaba la cara, encendía un cigarrillo, y trataba de convencerse de que esa noche no iba a volver a pasar. Que no iba a caminar otra vez por las mismas calles. Que no iba a volver a ese pequeño bar. Pero por las tres de la mañana el mundo se apaga. La gente duerme. Las verdades más crudas vuelven a aparecer. Y en algún rincón de San Telmo, él termina otra vez sentado en la misma mesa, mirando la puerta. Por si acaso. Por si una noche, contra toda lógica, ella decide volver.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Otoño

 Serán las cortinas

será el frío en los huesos

los trenes, las despedidas

serán todas las derrotas

las manos en los bolsillos

será que otra vez es lunes de cenizas

el fondo monetario, las deudas

los posillos, las migas

serán las trincheras de lo cotidiano 

los vidrios molidos, las calles vacías

la casa de espectros

los espejos, los recuerdos

será la tarde que muere en el ocaso

será este otoño

el corazón con olor a guardado

la tristeza como manchas de humedad

la pelusa del piso

el humo de tabaco

serán todos mis muertos

mis mártires, mis verdugos

el olor a remolacha

las alas entumecidas

la radio chiquita que satura un tango

el llavero, las baldosas

el lunes, el llanto…

lunes, 30 de marzo de 2026

Conocerte fue un seísmo sin escala. Venía con la mirada perdida, apenas sosteniéndome entre empujones, valijas, vendedores ambulantes y anuncios de trenes retrasados. El aire olía a metal y a café rancio. Todo era un río humano avanzando sin mirar atrás. Y ahí estabas vos, en medio de la selva de pasos. No sé si fue tu quietud mientras todos corrían o la forma en que tu mirada me encontró, como si supiera exactamente dónde estaría. No hubo presentación, ni palabra: apenas un cruce que me obligó a detenerme, como si los frenos se hubieran activado solos. Me acerqué torpe, esquivando cuerpos que pasaban entre nosotros como ramas intentando tapar el claro. No recuerdo qué dije; quizá un balbuceo, un saludo absurdo que no estaba a la altura del temblor que me recorría. Vos sonreíste como si ya me hubieras esperado. El ruido alrededor siguió siendo estruendo, pero en nuestro pequeño círculo, todo se volvió silencio. El tiempo se comportó raro: los segundos caían lentos, como gotas en un vaso desbordado. Hablamos, o fingimos hablar, porque lo único que importaba era esa distancia mínima que se acortaba. Tus ojos tenían la calma que faltaba en la estación, y yo respiraba distinto, aprendiendo un ritmo nuevo para estar frente a vos. No hubo prisa, ni escapatoria. Nos miramos como quien sabe que el siguiente paso no admite demora. Y en medio del ruido de trenes, de gritos que anunciaban llegadas y despedidas, nuestras bocas se encontraron. El beso fue torpe y perfecto, húmedo de humanidad, lleno de todo lo que todavía no sabíamos decirnos. Un instante suspendido en el caos, como si el mundo se hubiera corrido apenas para dejarnos probar lo que empezaba a nacer. El beso duró segundos eternos. No había trenes, ni pasos, ni vendedores, ni relojes; todo se diluyó como niebla alrededor. Solo existíamos vos y yo, atrapados en un contacto que lo decía todo sin palabras. Tus manos rozaban las mías, tanteando al principio, con una certeza que me dejó sin aire. Cada gesto tuyo era una avalancha, y yo no sabía si caer o sostenerme, si dejar que todo se rompiera o intentar retener algo de cordura. Mi pecho se agitaba con un ritmo desconocido. El ruido de la estación seguía allí, lejano, un murmullo irrelevante comparado con la vibración que recorría mi cuerpo. Cada segundo traía claridad brutal: conocerte no era un accidente ni un juego. Era un impacto que dolía y excitaba a la vez, dejando cicatrices invisibles y ansias imposibles de nombrar. Cuando nos separamos apenas unos centímetros, sentí haber perdido el equilibrio. Algo dentro mío había cambiado para siempre. Tus ojos me sostenían y a la vez me atravesaban, y por un instante dudé si el mundo real volvería a existir, o si habíamos abierto una grieta que jamás se cerraría. Conocerte fue eso: un choque sin aviso, un instante que desarmó todo lo que creía mi mundo y dejó, en su lugar, un espacio desconocido, vibrante, peligroso y hermoso. No hubo pasos atrás, ni escalas, solo el temblor persistente de lo que acababa de empezar.

sábado, 7 de marzo de 2026

Estás en todos lados. No exagero: te metes en cada conversación casi sin darme cuenta. Termino hablando de vos con cada mujer que se me cruza, aunque el tema sea el clima, el trabajo o cualquier banalidad que no tenga nada que ver con vos. Es automático. Como si mi boca no hubiera entendido que ya no estamos. Como si necesitara probar, una y otra vez, que lo que vivimos fue real. Que no lo inventé. Que no fui el único que sintió el incendio. Ellas escuchan. Algunas por cortesía. Otras con curiosidad. Yo hablo como si estuviera rindiendo examen de algo que ya desaprobé. Digo “nosotros” y me doy cuenta tarde de que ese plural ya no existe. Pero lo sigo usando, como un hábito que se resiste a morir. Uso nuestra historia como escudo y como excusa. Digo que fue intensa, que fue única, que fue imposible. Lo que no digo es que sigo ahí, detenido en un capítulo que ya terminó. Estás en todos lados porque yo te llevo encima: en la memoria, en la lengua, en las comparaciones que hago sin querer. Nadie pasa limpia por mi vida; todas pisan los restos de lo que fuimos. Y lo peor es que no sé si hablo de vos para recordarte… o para no olvidarme de quién fui cuando te amaba.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Ensayo general del destino

 Respiro porque es un reflejo mecánico, o por el capricho de alguna deidad aburrida de tanta eternidad. Recuerdo no-recuerdos juntos, cosas que no vivimos, que no pudimos compartir, y me pregunto tantas noches el por qué.

Aunque yo me haya quedado atrás. Porque la costumbre es más fuerte que cualquier despedida. Hay noches en que me gustaría olvidarme de hacerlo, dejar que el aire pase de largo y se busque otro huésped menos roto. Pero vuelvo. Vuelvo siempre, como un perro que nunca aprende el camino contrario.

Te pienso sin tenerte, y eso también cansa. Es un ejercicio absurdo: repasar caricias que no existieron, peleas que no tuvimos, viajes que nunca hicimos porque la vida, tan prolija, nos sentó en mesas distintas. Inventé domingos con vos; inventé cafés; inventé tu risa apoyada en mi hombro. Fui culpable de ese delito mínimo: creer que alguna vez nos tocaba el milagro.

Me pregunto por qué, pero el porqué no contesta. Se queda mirándome como una puerta que no abre. Tal vez no había que entender nada. Tal vez éramos apenas un ensayo general, un borrador del destino que alguien arrugó antes de tiempo. Y, sin embargo, duele —lo digo sin maquillaje—: duele en los huesos, en esas partes del alma que los médicos no nombran.

Hay días en que me vuelvo conservador hasta el hueso y pienso que el amor debía haber sido sencillo: mirarte, elegirte y ya está; como antes, cuando las cosas no venían con manual ni diagnósticos ni “no era el momento”. Pero nos tocó esta época ansiosa, llena de ruidos, y vos y yo aprendimos a perdernos con elegancia.

Si algún día volvemos a cruzarnos —no lo prometo, no lo invoco—, quiero que al menos sepas esto: no fuiste un capítulo; fuiste el libro que no me animé a abrir.

martes, 2 de septiembre de 2025

Fin del mundo

 Esa mañana

varios planetas se alinearán

generando un cataclismo en nuestro sistema solar,

y él pondrá el mismo disco,

la misma canción una y otra vez

con tal de retenerla al menos en su recuerdo.


Esa mañana

las guerras seguirán devorando vidas inocentes,

y miles continuarán hipnotizados en su rutina diaria,

yendo a cualquier lado sin saber a dónde,

comprando lo que creen necesitar

para llenar vacíos que ni siquiera saben nombrar.


Esa mañana

quizá el sol tarde un poco más en salir,

escondido tras las nubes,

y los gorriones busquen un lugar donde guarecerse.


Quizá no pase nada extraordinario,

y sin embargo el mundo seguirá siendo un lugar injusto y horrible.


Esa mañana no habrá milagros,

solo hombres corriendo detrás de relojes,

niños naciendo en campos de guerra,

ciudades que se derrumban en silencio.


Y todos fingirán que nada pasa,

como si el fin del mundo fuera apenas

otra noticia que nadie quiere leer.

domingo, 24 de agosto de 2025

Cecilia

 Cecilia camina entre mis recuerdos como quien pisa un sendero conocido: sin prisas, sin miedo. Su voz no hace falta; incluso el silencio que deja a su paso habla más que cualquier confesión. Hay en ella algo que trasciende el tiempo, un secreto suave que me recuerda que hay amores que no se van, que permanecen en los pliegues de la memoria como una luz que nunca se apaga.


No la busco, y sin embargo siempre aparece: en un gesto, en una mirada que atraviesa el presente, en un eco de lo que alguna vez fuimos. Cecilia no reclama, no exige, no espera; simplemente existe. Y en esa existencia se siente la densidad de todo lo que el mundo quiso arrancarnos y no pudo.


A veces la imagino hablándome de cosas que aún no entiendo, enseñándome sin enseñarme, dejando caer su sabiduría como hojas suaves sobre mi pecho. Y mientras la miro, descubro que el amor verdadero no necesita posesión; basta con reconocerse, aunque sea por un instante, en la misma luz que alguna vez nos iluminó.


Recuerdo cómo su risa podía ser ligera y contener mundos enteros, como si cada sonido suyo guardara historias que no se contaban, que simplemente se sentían. Y aunque hace tiempo que no estamos juntos, su sombra se arrastra por mis días: en la luz de la tarde, en un olor que me lleva a otra estación, en la música de fondo que recuerda que hubo un tiempo en que el amor podía ser tan simple y tan complejo al mismo tiempo.


Y sé que quizá nunca la vuelva a ver, pero a veces cierro los ojos y la imagino en un café cualquiera, en una esquina de Palermo, caminando tranquila, como si el mundo entero hubiera aprendido a esperarla. Y yo, sin atreverme a acercarme, me quedo contemplando la calma que siempre me enseñó.

martes, 22 de julio de 2025

Cartas y recuerdos



Jorge contemplaba la hoja en blanco como si en ella estuviera grabada su condena. Llevaba tanto tiempo enfrentándose a ese rectángulo vacío que la escena había perdido significado: la mesa cubierta de ceniceros, el olor a tabaco frío, el café recalentado que raspaba la garganta, la ventana que devolvía la imagen de un hombre inmóvil, multiplicado por el cristal y sus lentes. Más allá, la noche se estiraba, inmóvil y expectante, como si aguardara un gesto definitivo que nunca llegaba.


Meses buscando la palabra justa, esa que Borges llamaría exactitud, como si la perfección lingüística tuviera poder para fijar lo que se disuelve: las mujeres, los recuerdos, él mismo. Cada intento terminaba igual: cigarrillos reducidos a columnas de ceniza, vasos vacíos, frases tachadas. Lo único que sobrevivía era la hoja virgen, testigo de la derrota.


La luna, alta y fría, lo observaba con la indiferencia de quien conoce la verdad: ninguna palabra basta para retener lo que ya no existe.


La pluma tembló en su mano. No había tomado la decisión de escribir; más bien la palabra se impuso, arrancándole el aire.

Gabriela.


¿Seguirás llevando ese pelo oscuro cayendo sobre tus hombros? Tu belleza siempre fue una condena dulce: un vértigo insoportable, la sensación de que cada instante debía ser perfecto solo para estar a tu altura. Todavía, en estas madrugadas sin nombre —todas lo son—, busco tu tacto, la sombra que tu cuerpo dibujaba en la luz mínima. La memoria no se apiada: vuelve intacta, como si bastara pronunciar tu nombre para sentir otra vez la punzada del deseo. Me pregunto si el pasado fue realmente mejor o si es apenas un refugio para los que ya no saben habitar el presente.


Jorge dejó que la pluma siguiera su curso, y la tinta, temblorosa, trazó el segundo nombre:

Sandra.


Te veo todavía, inmóvil en aquella habitación de Mar del Plata. La madrugada filtrándose entre las cortinas, la espalda desnuda bajo las sábanas, tu piel inmaculada. El aroma del café llenaba el aire mientras tú sorbías sin cuidado, manchándote los labios con una naturalidad que me desarmaba. Dormías como si el mundo entero te perteneciera, y yo apoyaba la frente en tu hombro, convencido de que el tiempo no se atrevería a avanzar mientras tu respiración marcara el compás. Ese recuerdo tiene más cuerpo que esta noche: la quietud perfecta, la promesa que el tiempo rompió.


La pluma se detuvo un instante, suspendida en el aire, hasta que un tercer nombre la obligó a continuar:

Cecilia.


Eras mi equilibrio imposible, ojos de brújula, rostro en proporción exacta. Mi perfección. No importaba la distancia, los silencios prolongados, ni que quizá ya no recordaras mi nombre; escribirlo era quebrar la costumbre, afirmar que alguna vez existimos. ¿Qué más podía ofrecerte ahora, Cecilia, además de este último intento?


El amanecer comenzaba a diluir la noche. La habitación, que había sido cómplice del insomnio, se llenaba de una luz gris y sucia. Sobre la mesa, la hoja mostraba tres nombres que contenían su vida entera. Gabriela. Sandra. Cecilia. Cada una un eco, una faceta de sí mismo, fragmentos de un pasado que no era memoria, sino identidad. Sin ellas, ¿quién quedaba?


Jorge se llevó las manos a la cara. Sentía la piel áspera, la barba crecida, la fatiga acumulada en los ojos enrojecidos. El sueño se había vuelto un mito; dormía apenas lo suficiente para soñar con ellas y despertar con la sensación de que aún estaban allí. Cada nombre era un recordatorio de lo que había sido, y cada palabra no escrita, la confirmación de lo que había perdido.


Intentó continuar la carta. Forzó la mano a seguir, pero la pluma se negaba. Las palabras, si llegaban, se deshacían antes de tocar el papel. Había pasado tanto tiempo buscando la frase perfecta que había olvidado cómo escribir sin buscar perfección.

El presente era esta hoja incompleta, y completarla equivalía a admitir que no quedaba nada.


Se levantó y caminó por la habitación. El suelo crujió bajo sus pasos. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar: un coche en la distancia, una persiana que se abría, el ruido de un tren. El mundo seguía, indiferente, mientras él quedaba suspendido en el intersticio entre lo que fue y lo que ya no sería.


Volvió a sentarse. La hoja seguía allí, inmóvil, manchada de nombres. La sostuvo entre los dedos. Dudó: ¿romperla, guardarla, dejar que la rutina se la tragara? ¿Qué sentido tenía este gesto? Si la carta no podía completarse, tampoco podía destruirla: lo que contenía no estaba en la tinta, sino en él.


Cerró el cuaderno con un gesto cansado, casi ritual. Comprendió que no se le habían acabado las respuestas; se le habían agotado las preguntas. El pasado se había ido, igual que el último tren de la noche a Buenos Aires. La carta era un testimonio inútil, una derrota más, pero también el último vestigio de lo que había sido.


Una sonrisa apenas perceptible asomó en su rostro, más una mueca que una alegría. Todo lo que creaba terminaba en destrucción; lo que destruía, volvía a crearlo. Cerró los dedos sobre la hoja y la dejó en la mesa, manchada de nombres, vacía de sentido. Sabía que no habría otra.

Era la última.


El amanecer entró finalmente en la habitación, borrando los bordes de la noche. Jorge se quedó inmóvil, sintiendo el peso de las horas acumuladas. El vaso vacío a un lado, la ceniza extendida sobre la mesa, la hoja que no podía abandonar. Cada nombre escrito era una derrota y, al mismo tiempo, la única prueba de que había amado alguna vez.


Se quedó así, entre la luz naciente y el cansancio, mientras la memoria seguía su danza obstinada: Gabriela con su belleza insoportable; Sandra, quieta bajo la tela suave, sorbiendo café con labios manchados; Cecilia, equilibrio imposible, mirada que fijaba el rumbo.

Eran fantasmas, sí, pero lo único real que quedaba en él.


La luz del día, indiferente, lo bañó por completo. Jorge cerró los ojos. En su mente, las tres mujeres se superpusieron hasta confundirse en una sola silueta. No supo si lo consolaba o lo destruía, pero dejó que esa imagen permaneciera unos segundos más. Después, lentamente, la dejó ir.


La carta seguía sobre la mesa, incompleta, irremediable. Como su memoria. Como su vida.

La última.

sábado, 5 de julio de 2025

San Telmo y La Poesía

 San Telmo me tiene atrapado en su laberinto de recuerdos y ausencias. Mis pasos casi por inercia siempre terminan en la esquina de  ese refugio atemporal que es el Café La Poesía.  Un rincon,un compendio de historias, de susurros antiguos y de tangos que parecen salir de las paredes.

Y allí estoy, como tantas veces, en la misma mesa  que tiene una vista privilegiada a la calle, un pequeño balcón al alma del barrio. Con el aroma del café recién hecho y el murmullo de las conversaciones ajenas como banda sonora, te espero.

Desde aquí, la mirada se me va tras cada silueta, cada rostro. Te busco en cada mujer que pasa,  caminando .con prisa o detiene su andar frente a una vidriera. Una cabellera que se parece a la tuya, un gesto familiar al cruzar la calle, una risa que evoca la tuya. Cada instante es una pequeña ilusión que se enciende y se apaga al reconocer que no sos vos.

Este barrio, tiene una belleza innegable, pero se tiñe de un anhelo constante desde que te busco y no te encuentro. Y mientras la tarde se apaga, y las luces  se encienden, veo alrededor  a otras personas, grises como yo, perdidas en sus pensamientos, también buscando alguna respuesta entre sorbo y sorbo de café. Sus miradas vacías, las nuestras, se cruzan sin verse, unidas por la misma melancolía que impregna estas paredes. Aquí, en este rincón del mundo, solo queda la tenue esperanza de que, quizás, la próxima persona que cruce el umbral no sea una más, sino la que mis ojos, al fin, reconozcan en Chile y Bolívar 







domingo, 22 de junio de 2025

La sombra

  


> Una plaza vacía.

Gris.

Silencio espeso.


Un banco olvidado, casi congelado en el tiempo.


Ahí, un cuaderno.

El mismo de siempre.

Lleno de versos por terminar.

Versos estancados, atrapados en el mismo bucle,

repitiendo la misma historia sin final.


Y entonces, su sombra.


Sin cuerpo. Sin rostro.

Solo una sombra.


Pero bastó.


Su sombra le dio sentido a todo ese gris,

a tanta tristeza.

A tanto de mí.


No habló.

No hizo falta.


Estaba ahí.

Como si nunca se hubiese ido.

Como si siempre hubiera estado,

esperando que yo regresara

a ese lugar donde todo comenzó a romperse



miércoles, 11 de junio de 2025

Eva y el susurró

 Eva no llegó.

Apareció.

No caminó hacia mí, no pidió permiso. Se deslizó entre los restos de una noche que no terminaba, justo en el punto más oscuro del abismo.

Fue un susurro. Pero no suave. No tierno.

Fue un susurro que estremeció.

Un golpe seco envuelto en una voz que no tenía rostro, pero que era mía.


En medio del caos, cuando nada tenía sentido y todo pesaba,

Eva estaba.

No dijo nada, y sin embargo lo cambió todo.

Era una figura sin cuerpo, sin pasado, sin promesas.

Una presencia irreal.

Pero tan real como el dolor que me ahogaba.


Impactante. Inesperada.

Eva fue la grieta.

La fractura donde entró la primera luz.

Y aunque no sabía quién era,

supe que no estaba solo.

miércoles, 30 de abril de 2025

Quiero recuperar algo. Quiero y entiendo que es indispensable, algo que tal vez nunca perdí, entonces no se si quiero recuperarlo o descubrirlo Solo me canse de la espera, de la mancha de humedad en la pared, metamórfica, desprolija y aun así, siempre igual Solo me canse de mi corazón y las tortugas, las malditas tortugas boca arriba Me canse del cigarrillo, de esperar el remedio para la tos, el limón en el té, la dieta de fin de semana Me canse y me canso de mí en el espejo, en la cama, sosteniendo la mirada en el techo, me canse de sostener el techo Me canse de los puntos suspensivos, de las comas por las dudas, de los errores en todos los versos y las haches siempre tan mudas Me canse de la noche desestrellada, del miedo a la muerte, el olor a soledad, del olor a llanto disponible...

domingo, 27 de abril de 2025

Domingo

 Nadie puede escapar de la melancolía de los domingos por la tarde, ni con tu recuerdo que llega atacarme , nadie podrá recordar ni los abrazos que nos dimos , ni las miradas que hablan y gritan sin soltar aire alguno, no se recordarán las promesas de las madrugadas en lo que todo parecía posible y la vida parecía tener un buen sentido. Nadie podrá recordar las canciones que no escribimos, esas que hablan de nosotros y que jamás sonarán en la radio, nadie recordara la casualidad más linda de haberte encontrado ni las calles sin nombre ni apellido que juntos conquistamos de la mano. Nadie puede sobrevivir a este domingo ni mis cuadernos con versos olvidados ,en los que siempre hablo de vos , ni la certeza de saber que en algún momento te voy a volver a ver ...

miércoles, 16 de abril de 2025

 Si la ven vestida de domingo en alguna plaza con la mirada perdida hacía ningún lado, con los cuadernos llenos de rimas y dolores. Diganle que la sigo buscando por alguna vieja libreria.

Si la ven desbordada de tanta mierda perdida entre horarios de trenes y oficina ,ahogada entre tanta rutina. Esperando un abrazo que le traiga de vuelta a la vida. Diganle que mí susurro viene con el viento de la mañana .

Si la ven por la noche con la pena como regente y son protagonistas de sus madrugadas buscándole el por qué a todo, buscando a alguien que la arrope y que le diga que todo va a estar bien . Diganle que la espero en algún lugar de sus sueños, en ese balcón esperando el beso que no pudo ser , diciéndole bienvenida a casa.

miércoles, 5 de febrero de 2025

 Estar con vos me aleja de mis demonios, de mi miedo a la muerte, de mis tonterías, las indecisiones de mi edad, el carácter del clima.


Porque encontrarte lava las dudas y despeja los malos augurios, sacude el polvo a este viejo corazón, porque disparo contra el tiempo y el tiempo no se detiene y me siento tan torpe mientras te reís y dibujas sonrisas sin darte cuenta.


Caímos en la cuenta de las horas, de los cabos que no nos cerraban, nos daba cosa mirarnos y sentirnos tan cerca, sentir tanto fuego, sentir tanta vida derramada sobre los manteles, sobre las sabanas, desvelados nos vimos y no quisimos mas, por eso acá estamos, viéndonos, asechándonos, y coincidiendo también con las bocas.


Por eso no te perdono las ganas de verte, no te perdono el sabor a boca en la boca, mi cara de idiota en el espejo, el olor a vos en todas las cosas lindas. No te perdono mi amor creciendo como una enredadera a tus caprichos, no te perdono empezar a quererte y verme diferente y verte tan igual a los que siempre fuiste.


Por eso te quiero, porque no se porque te quiero y no me importa, porque un domingo te rapto y se te termina el juego y ahí empieza la buena suerte...

miércoles, 29 de enero de 2025

Cuando te conozca

 

Cuando te conozca parecerá un poco que me aburro

parecerá que no escucho

que no presto atención

Seré un poco tímido y torpe

si miras bien dentro de las esferas de mis ojos

notaras cierta distancia

cierto eclipse lunar en las retinas

será como que todo me es ajeno

como que no soy parte de este mundo

y tal vez hable de cosas raras

Parecerá repito, porque así soy

parte viento, parte nubes

estoy llamando siempre a las nubes

y digo de esta manera que estoy con vos ahora

y así estaré cuando me conozcas

Será todo necesario cuando por fin me veas

te regalare lluvia y besos y versos robados

y fingiremos que nunca los hemos escuchados

que nunca nos hemos besado

Porque ya pensamos en esto antes

cuando no, cuando después, cuando fue llorar

cuando empecé a soñarte, a buscarte

será como dos soles que se cruzan

que se funden

que arden en una hoguera infinita, revoltosa

Así será cada vez más de cerca,

por fin entenderás que esta es mi manera de quererte

que esta será nuestra manera de encontrarnos

que será ese día, esa tarde porque era necesario

como en el libro, los días serán nuestras orugas

no hará falta ni hablar de libro

Seremos soldados y ángeles y demonios

seremos al fin vos y yo

ya no mas vos por tu parte

yo en mi continente aislado

seremos al fin patria, ya no mas exilio

y enterraremos los muertos, los que nos mataron

con café, con caricias, con largos silencios

para no tener que borrar nada de lo andado

Así siempre será cuando me conozcas

cada vez que despierte a tu lado

seré yo el callado, pero no te asustes

entiende que así te estaré queriendo…

Avísame cuando llegues.

Sus manos frías sobre mi pelo; saber que no había mayor acto de rebeldía que una tarde junto a ella. El tiempo se detenía y parecía correr d...