Cada mañana tengo
los mismos pensamientos:
Dejarlo todo. Huir
de trajes y facturas,
de un amor al que no
despierto sus pasiones.
O dejarme
caer en la locura.
Encontrar un rincón
sin sombras y sin nombres.
Dejar pasar el mundo
como si fuera ajeno.
Leer algún poema
–pongamos de Azaustre-.
Y que llamara ella.
Poseer, como Biedma,
la ruina y la memoria.
Negarme a sufrir más.
Y siempre recordarla.
Y más tarde, beber
una copa muy fría.
Añorar un cigarro
y revivir sus labios.
Y que le den al mundo.
Total. Sé que no hay año
donde puedan cumplirse
las buenas intenciones
y que todo propósito
es un esfuerzo inútil
que lleva a la melancolía.
domingo, 19 de diciembre de 2010
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