El oficio de mirar atras.

Quién no me ha visto tallar promesas en las paredes con un viejo fierro que pedía disculpas a cada paso que daba, como un niño asustado entre la multitud, buscando respuestas en los ojos vacíos, en la mirada esquiva, en los bares donde las botellas se marchaban antes que yo llegara, porque el aburrimiento de mi boca les consumía el escaso etanol que ya tenían?

Busqué todos los retazos de aquellos malos tiempos. Los bares han cambiado de nombre, las paredes las han pintado de otro color. Poco queda ya del barrio de casitas bajas, del pastizal al costado de la vía, de aquellos amigos que pedían un pañuelo al vecino cada vez que abría la boca.

Tantas piedras, tantas conjeturas. Y sin embargo a veces echo de menos el espíritu nostálgico de algunas tardes. ¿Quién entiende?

Echo de menos al obrero que tallaba, aquel que empujaba piedras, al goleador que besaba la pelota y se deleitaba horas pensando en qué lugar tenía que darle para que el efecto superara la barrera y aunque sea cayera dentro del arco. Al artesano que miraba la arcilla retorcerse para buscar el punto justo de una cintura de mujer que jamás aparecía.

Sé que me has visto. Sé que me ves ahora, tallando en tu cuerpo las promesas más sinceras que mis manos hayan pronunciado. Eso no se echa de menos.

Como tampoco se echa de menos al burgués que mira desde la piscina y se gradúa y se preocupa por su futuro detrás de una suave cortina de Simon&Garfunkel. Ese no.

Pero sí extraño al payaso, al que sabía volar, inventar mundos mejores, perder el miedo y mirar hacia adelante, hacer del vértigo un huracán que estalle tus besos contra mi pared y se quede estrujado, inmóvil en la suave mezcla de arena y barro, en esa indescifrable batalla donde sin saber cómo, dos siempre ganan.
Quizás sea eso. Quizás no sepa qué es lo que echo de menos, o de más.

El pasado es un oficio difícil de aprender, desde el mismo momento en que se vuelve inaprehensible.

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