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Mostrando entradas de enero, 2011
Me hablan de ti.
Desearía
el recuerdo lejano de tu nombre.
O que me golpeara como un puño.
tu rostro que no acierto
a dibujarte.
Que fueras el instante,
la palabra de amor nunca perdida.
Los meses
de pasión
o ese perfume,
de mis dedos
descubriendo tu pecho adolescente.

Ahora escucho tu nombre, y te lo juro,
quisiera que viniera
tu risa como un vaso
de vino a la cabeza.
Y sentir al oirlo
ese calor de labios y de axilas,
esa suave caricia
de tus pies en la cama.

Pero el tiempo
nos maldice cada día.
Nos echa entre los brazos del olvido.
Nos azuza los perros de la noche.
Te quisiera
tan viva en mi memoria
que pudiera
contar uno por uno los lunares
benditos de tu espalda.

Y, sin embargo,
es un nombre confundido en otros cuerpos
lo que me llega, al fin, cuando me dicen
las letras de tu nombre
que no es mío
y que ya no recuerdo, vida mía.
Serán las cortinas
será el frío en los huesos
los trenes, las despedidas
serán todas las derrotas
las manos en los bolsillos
será que otra vez es lunes de cenizas
el fondo monetario, las deudas
los posillos, las migas
serán las trincheras de Bin Laden
los vidrios molidos, las calles vacías
la casa de espectros
los espejos, los recuerdos
será la tarde que muere en el ocaso
será este otoño
el corazón con olor a guardado
la tristeza como manchas de humedad
la pelusa del piso
el humo de tabaco
serán todos mis muertos
mis mártires, mis verdugos
el olor a remolacha
las alas entumecidas
la radio chiquita que satura un tango
el llavero, las baldosas
el lunes, el llanto…
Ni una llamada suya en veinticinco años.
Y el café donde entonces inventaron la vida
tiene la misma gente y el mismo olor a churros
y el mismo camarero con los pasos cansados.

Ojea los diarios viendo pasar la tarde
y siente un nuevo frío que le duerme las piernas,
mientras, justo a su lado, estudia una muchacha
que le recuerda a ella cuando el mundo era joven.

Sabe que hay soledades peores que estar solo,
que el dolor es más duro cuando nadie lo sabe,
y que el olvido nunca vendrá a darle la mano
mientras busque su nombre en todos los periódicos.

Apura el cigarrillo y trata de inventarse
un rostro imaginado que tendrá la sonrisa
-seguro- de las noches de vinos y tabernas
cuando era la pasión como un viento de arena.

Se levanta despacio, y se pone el abrigo
y deja sobre el mármol la propina de siempre.
Y sale hasta la calle, mira al cielo y sonríe,
sabiendo que la lluvia ya nunca ha de mojarle.

Mañana cuando venga de nuevo hasta la mesa,
pedirá nuevamente café largo de leche,
con sacarina. El tiempo mata amo…