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Mostrando entradas de mayo, 2011
Me preocupan las cosas cotidianas. El instanteen que la tarde se para por un beso. Ese segundo en el que un hombre encuentra la tristeza agazapada entre cifras oficiales. O ese roce de una piel que se somete a una caricia.
No sé de grandes cosas. Y hasta ignoro lo que vale tu boca a precios de mercado. Ni siquiera sería capaz de calcularte en términos de euribor el porcentaje exacto de mordiscos que me tocan esta noche.
Me parece, mi amor, que están las cosas jodidamente mal. Así que ahora, vencido y cautivado por tus labios, me entrego a la derrota y abro nueva hipoteca a tu nombre y si es posible con vencimiento eterno entre tus piernas.
Recuerdo muchas veces tu sonrisa cansada, y tu piel que temblaba y tu ceño fruncido. La dulzura que entonces tenías cuando amabas, cuando la vida era tu voz en el teléfono.
Te imagino y te veo como eras entonces: una niña que andaba recortando la luna, esa tierna pereza de todos los hoteles y esas manos, tus manos, arañando mi espalda.
Te amaba como sólo se ama lo que nunca será nuestro. Y te amo con el mismo desastre, la misma desazón de un futuro imposible. Jamás hicimos planes más allá de ese instante.
Cuando cierro los ojos en la noche de otra me recorre la lengua ese sabor marino que habitaba en tu sexo y moría en mi boca con la sal del deseo de tu sudor sagrado.
Recuerdo el cigarrillo que fumabas con ansia, y el miedo de los viernes, los medios días del lunes y el camino a tu casa. Tus lágrimas al irnos. Y esa mano de aire que rozaba mi cara.
Te quiero todavía. Y te querré ya siempre con la misma certeza con la que en este ahora sé que sólo serás un recuerdo, el latido del corazón deshecho que dejó d…
Si pudiera votarte, votaría tu risa al encontrarnos, los labios agrietados por los besos. Votaría el estremecimiento de tus muslos, los suspiros que bebía de ti, tus manos y tu pecho y tu cintura.
Hubiera sido así como elegirte entre todos los signos de los cielos y las tierras. Y lo mismo que si el mundo se cebara mordiéndote la lengua, igual que si mis manos te escribieran por la piel de tu vientre algún poema de amor y de abandono. Casi como si tú fueras el libro de mi vida, el libro de horas para rezarte vísperas de carne.
Si pudiera elegir, elegiría tu gobierno de sueños. Tu dulce dictadura, los caprichos con que vencías toda la voluntad que yo mismo había dejado prisionera en el cálido secreto de tu boca.
Ahora, en esta noche en que la tele nos habla del desastre y la derrota me siento yo también vencido y solo, cuando ya he dimitido de pasiones, y no soy candidato ya a tu cuerpo.