lunes, 25 de junio de 2012

El frió quemaba las manos en la inmensa Buenos Aires, la gente empezaba su semana llena de problemas, de crisis, de nervios, su marcha era acelerada por culpa del maldito y tirano tiempo , mientras que ella  con su taza de mate cocido dibujaba al menos una simple sonrisa en una hoja blanca, era una señora de unos cuantos años , de piel agrietada por el invierno, por el hambre y la indiferencia de la gente. Solo atine a mirarla con ternura acordándome de mi abuela, de sus café con leche en mañanas frías como esta, me llamo mucho la atención el dibujo de un hombre con buen porte con una sonrisa que realmente iluminaba aquella ilustración, y me quede observando aquel retrato, que ella con tanto esmero dibujaba. Luego ya volviendo a mi hogar, me puse a imaginar (como siempre lo hago), acerca de esa señora, del retrato de aquel hombre al que tanto sentimiento trataba de plasmar, que ya casi no recordaba y antes de olvidarle por completo habría decidido tenerlo presente en aquella ilustración, ese hombre se habría enfermado de joven  y murió al poco tiempo luego de haber invertido todo su dinero en tratamientos, pero ella prefería recordarlo así con esa sonrisa perfecta, con ese porte importante, como cuando lo conoció en aquel Buenos Aires de un tango perdido de Homero Manzi, había dado todo por el y aun asi no pudo retenerlo y decidió quedarse en una esquina olvidada de Buenos Aires dibujándolo recordándolo como en aquellos viejos tiempos.



Fui como una lluvia de cenizas y fatigas 
en las horas resignadas de tu vida... 
Gota de vinagre derramada, 
fatalmente derramada, sobre todas tus heridas. 
Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve 
rosa marchitada por la nube que no llueve. 
Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza 
que no puede vislumbrar su tarde mansa. 
Fuimos el viajero que no implora, que no reza, 
que no llora, que se echó a morir. 

Fuimos Homero Manzi.