viernes, 29 de junio de 2012

Sor Cecilia



Sor Cecilia gracias por el premio!!



Adoro perderme en tu cuerpo y mirarte durmiendo por la noche, adoro perderme en tu mirada y saber que el tiempo paso, que las cosas cambian, pero nosotros seguimos siendo lo mismo.
Adoro la locura absurda que es amarte, día a día, de perderme en el escaparate eterno de una caricia.
Adoro el saber que caminamos juntos de la mano, aunque el mundo se caiga a pedazos y los objetivos no abunden, tan solo se que en vos puedo apoyarme.
Sabes en estos tiempos donde los valores están tan perdidos y pasados de moda, en estos tiempos en donde cuesta horrores ser alguien y salir a buscar la vida, se que cuento que la guardiana mas grande de mis sueños...

lunes, 25 de junio de 2012

El frió quemaba las manos en la inmensa Buenos Aires, la gente empezaba su semana llena de problemas, de crisis, de nervios, su marcha era acelerada por culpa del maldito y tirano tiempo , mientras que ella  con su taza de mate cocido dibujaba al menos una simple sonrisa en una hoja blanca, era una señora de unos cuantos años , de piel agrietada por el invierno, por el hambre y la indiferencia de la gente. Solo atine a mirarla con ternura acordándome de mi abuela, de sus café con leche en mañanas frías como esta, me llamo mucho la atención el dibujo de un hombre con buen porte con una sonrisa que realmente iluminaba aquella ilustración, y me quede observando aquel retrato, que ella con tanto esmero dibujaba. Luego ya volviendo a mi hogar, me puse a imaginar (como siempre lo hago), acerca de esa señora, del retrato de aquel hombre al que tanto sentimiento trataba de plasmar, que ya casi no recordaba y antes de olvidarle por completo habría decidido tenerlo presente en aquella ilustración, ese hombre se habría enfermado de joven  y murió al poco tiempo luego de haber invertido todo su dinero en tratamientos, pero ella prefería recordarlo así con esa sonrisa perfecta, con ese porte importante, como cuando lo conoció en aquel Buenos Aires de un tango perdido de Homero Manzi, había dado todo por el y aun asi no pudo retenerlo y decidió quedarse en una esquina olvidada de Buenos Aires dibujándolo recordándolo como en aquellos viejos tiempos.



Fui como una lluvia de cenizas y fatigas 
en las horas resignadas de tu vida... 
Gota de vinagre derramada, 
fatalmente derramada, sobre todas tus heridas. 
Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve 
rosa marchitada por la nube que no llueve. 
Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza 
que no puede vislumbrar su tarde mansa. 
Fuimos el viajero que no implora, que no reza, 
que no llora, que se echó a morir. 

Fuimos Homero Manzi.


jueves, 21 de junio de 2012

Toma mi mano hoy te invito a recorrer las calles de Buenos Aires, te invito a reírnos como dos adolescentes que piensan que la vida es un juego, dejame pasearte por Corrientes la calle de los teatros e imaginar historias que nunca sucederán, tomarnos de la mano y soñar (que todavía es gratis), que no hubo gobierno aun que nos expropie la aventura de soñar. Déjame mirarte tal cual sos y que en esa mirada digamos mucho mas que mil palabras, conoceremos San Telmo ese lugar mágico, lleno de fantasmas, de historias de amor, como la nuestra. Yo se que la cosa viene jodida, que el desasbesticimiento que mas duele es el del alma y el de la falta de patriotismo, que las calles están llenas de gente gris, pero sabes tu risa es el remedio para teñirme un poco de color y para poder darle a mi Buenos Aires un rayito de luz

martes, 12 de junio de 2012


La oscura habitación reflejaba la penumbra más grande de la casa, el ventanal  casi opacado con el polvo, viejos libros, estantes desordenados, discos viejos, antiguos diarios, noticias ¿de ayer, o de hoy?, la gota de la canilla rota del comedor era la constancia más grande, de esta molesta soledad. A lo lejos se escucha un viejo tango, casi difuso un sillón casi gastado y un televisor que anda cuando quiere. Su vida se habría quedado en la mas oscuras  de las soledades, ya  había perdido noción de tiempo, la vida  le parecía “…una fiesta a la que nadie lo había invitado…” dice la letra de un moderno cantautor, y así se sentía desde su partida.

Su trabajo se había vuelto algo monótono, esa vieja oficina se caía a pedazos, y su escritorio desbordaban de papeles por archivar, tramites por realizar, etc., la gente que lo conocía desconocía su mirada, ya no era ese muchacho alegre que solía ser, siempre tirando algún chiste o hacer alguna broma, su vida se convertía en una triste comedia, en la que el tenia el papel mas duro. Los días parecían ser eternos ya el calendario era un atleta temible  corriendo sus últimos metros,  y en una vieja repisa una foto de otros tiempos, otros lugares, otros sabores, cuanto tiempo habría pasado de eso?, la respuesta era un vacío, un vacío y un silencio que se cortaba con un cuchillo.

Era viernes y una tormenta primaveral asolaba a la ciudad, el cielo parecía querer venirse abajo y mientras salía de la oficina miraba a la gente salir con su paraguas, otros corrían intentando escapar de la lluvia, el en cambio decidió caminar bajo la lluvia como a ella le gustaba, el cielo de Buenos Aires  parecía caerse a pedazos, las luces de corrientes la calle de los teatros parecía eclipsar su tristeza. Al caminar recordaba aquella vieja canción que escuchaba desde su partida:

“…Bajo la lluvia ve la gente pensando
Siempre en qué sitio va a equivocarse...
Pensando dónde va a llegar, de dónde viene,
Lo que quiere, lo que va a dar...
 
Bajo la lluvia van la gente y las historias,
Los momentos van, buscando los motivos,
La casualidad en medio de la lluvia va,
Ella camina en los espejos harta de volar,
Yo sigo aquí entre sábanas y música ¿dónde estarás?
 
Que llueve, reflejos que se ahogan duele,
Qué quieres se me antoja verte, y duele.
 
Bajo la lluvia va la gente buena y mala,
Todos por igual, el pobre, el rico,
La estresada y lo vulgar, y en medio de la lluvia van,
Comienzos y finales, gota a gota harán de luchas y de treguas,
Vidas únicas ¿dónde estarás?
 
Que llueve, tu pelo se te moja y duele,
No importa tanto pero hoy llueve... llueve.
 
La lluvia niña envuelve todo, no te pongas triste,
También a esa mujer, que alguna vez perdí,
El cielo es un espejo a punto de partirse,
Va derramando el tiempo en el asfalto gris,
Las ráfagas de dudas son insoportables
Y los diluvios de recuerdos nunca tienen fin...
 
Bajo la lluvia van... no importa tanto, pero hoy llueve.
Bajo la lluvia van y vienen... y vienen.
Me duele tanto que tu pelo se te moje andando.
Refúgiate en aquel rincón debajo del corazón
Me duele, me duele...
a mí me duele tanto que tu pelo se te moje andando
Duele... y duele, ni importa tanto, pero hoy duele.
Vas tú, voy yo... va el mundo entero, corazón.
No importa tanto, pero hoy duele...
Refúgiate y duele
Hoy duele…”
 
 
 
 
Al llegar a su casa puso aquel disco y por la ventana  veía llover, la contestadora llena de mensajes de acreedores, la heladera como siempre vacía…, hasta que en un momento escucho esa canción olvidada, esa que le gustaba escuchar en su compañía, esa canción que los hacia volar, respiro hondo con todo el dolor en el alma y se le escapo la primera lagrima desde su partida, se había quedado con tantas cosas que  decir , con tantas verdades que gritar que se le quedaron atragantadas en la garganta, recordó entonces esa mirada, esa tarde bajo el sol de un septiembre en aquella olvidada playa, su mirada. Y ese adiós que marco sus días para siempre... Continuara.

sábado, 2 de junio de 2012

Cartas y recuerdos


Una vez más, Jorge miraba al frente y contemplaba tras el cristal de sus lentes, aquel de la ventana que lo separaba de la noche. Miraba una y otra vez la hoja, en un acto que ya casi parecía un rito. Llevaba meses buscando las palabras. Tenían que tener esa exactitud borgiana que para el resto de los mortales a veces constituía una perfecta excusa para no hacer nada. Respetable: la perfección era un anhelo loable si de buena expresión se trataba, pero el borroneo posterior y la pasividad siguiente y prolongada se acercaba bastante al sacerdocio. Tenía que encontrar las palabras. Todo era palabras. Llevaba meses buscándolas y sin embargo, no aparecían. La luna lo miraba con compasión detrás de una burla que jamás se mostraba. Él buscaba respuestas. A veces todo no sólo tenía que ser exacto, sino que también tenía que tener respuesta.

Esa carta era su alienación hecha papel. De momento, papel en blanco (ergo: seguía en el mismo sitio, siendo ni más ni menos que sí mismo). Uno tras otro apagaba cigarros, bebía café, sumaba lesiones en el duodeno que recién podía ver tras animarse a una endoscopía.

Tenía que conseguir ese alter ego desprenderse como una nueva ventana en el explorador de su computadora. Tenía que haber algo que se escindiera de la racionalidad en su persona, tenía que haber una creación para la cual solamente hubiera explicaciones sentimentales, y por ende, falta de raciocinio.
El amor es ciego, dijo Shakespeare. También podría ser irracional, o no, llegó a escribir. Pero se perdía en su laberinto y no encontraba más salida, con lo cual sólo había logrado poner un poquito más de basura en su discreta papelera de escritorio.

Epifanía: apareció la primera palabra. Laura. Sí, Laura. Y no se detuvo por un rato.


¿Dónde estarás ahora? ¿tenés todavía ese pelo suave, oscuro y largo tendiéndose en tus hombros? Me aterraba tu belleza, Laura. Era una excitación insoportable, una suerte de pedido inexorable de realizar a cada paso una maravilla que cuadrara con la sombra de tu espalda. Y la extraño. No me preguntes cómo, pero la extraño. A veces, en esas noches de soledad (ya no me averguenza decir que son todas), necesito tu tacto. Me revuelvo entero imaginando otra vez la sombra, como ahora la luna sobre mí, sobre tus hombros suaves, y ese pelo casi publicitario, y tus pechos firmes y suaves… pero no puedo más que eso. ¿Por qué es así la mente, Laura? ¿Por qué? ¿Por qué seguimos jugando a pensar que todo tiempo pasado fue mejor? ¿o eso sólo lo piensan quienes no pueden disfrutar el presente?


No hace falta decirlo: Jorge era de esas personas que parecían simplemente durar en vez de vivir. Una suerte de auto consuelo lo invadía cada vez que recordaba su pasado. Allí encontraba altibajos, en los cuales aparecían nuevos sustantivos. Sí, sustantivos propios. Que de repente se trastocaban, por eso, a las 3.15AM de esa insoportable noche de febrero, la pluma se retorció tanto que empezó a escribir otro nombre (pensó en Borges otra vez: el hombre se anima porque el metal se anima, yo me animo porque la pluma se anima, ¿seré hombre yo también?).


Eugenia. Sí, .


Sería tan bello verte desayunar. Que frágil y dulce eras en ese simple acto de comer. No te importaba mancharte la boca con café en aquel hotel de Mar del Plata con las sábanas apenas cubriendo tu espalda inmaculada. Ni siquiera mis manos podían empañarla,¿te acordás? Dormías como bebé cada vez que me recostaba sobre ella y besaba tus mejillas, que siempre me acordaba de destacar. Y despertábamos religiosamente en la misma posición, como si el mundo se detuviera entre nosotros.

Qué cursi suena esto, pensó. Y sí, a veces hasta la vida es cursi.


Y como no pensaba volver a escribir otra carta, no se preocupó por la superposición de nombres en su contenido.

Y así siguió.


El despertador mostraba las 8. Hacía meses no dormía así. Se había quedado igual que en los tiempos de Eugenia: dormido encima de una almohada doble que reemplazaba el cuerpo de aquella mujer, que solo recordaba por recuerdos de recuerdos, y siempre en esa posición.
El raciocinio volvía a invadir el palacete. Tanta cafeína en sangre que ya había olvidado lo que era cerrar los ojos antes que la maldita luz del alba le recordaba que seguía viviendo en otro tiempo. La costumbre. No la perdemos nunca, pensó. Y si la perdemos, así quedamos.
Intentó retomar el último párrafo de la carta pero ya no pudo. Ni siquiera buscó la perfección, ni las palabras justas, ni las cursis ni aquellas que no lo eran. Continuó en la otra hoja, como si su recuerdo fuera a llenar alguna vez las letras que faltaban. Al fin y al cabo, todo era recuerdo, ¿qué importaba que el papel le recordaba que seguía allí, vivo en Mar del Plata, en una casa que tenía más de sótano que de aquello que los sociólogos solían llamar impunemente hogar?

Todo importaba. Todo tenía que importar, aunque así no fuera.

Maria. Sí, Maria.


Si te dijera que has sido la mujer entre las mujeres, ¿me creerías? Maria. Ni Platón te hubiera imaginado tan amorosa. Ojos de brújula, equilibrio, equilatero perfecto. De cada costado faltaba ni sobrara nada. Porque yo no quería. Eras simplemente mi perfección. La misma que ahora busco Maria. No importa si te mudas, no importa si nunca más me llamas, no importa si no ves que te extraño porque seguramente ya no estoy, nada de eso importa.

Tenía que decirlo, Maria. Sino, nunca iba a romper esta rutina. Y tengo que hacerlo.

Volvió a pasar la hoja, llenando con su mente lo que no escribía y cambiaba de hoja.
Pero hasta vez hasta cambió de pluma.

Es cierto, sí. Cambié mi rutina. Pero no lo hice. Sólo cambié lo poco que recuerdo de ella. Porque ella eras vos, Laura. Eras vos, Eugenia. Y sobre todo vos, Maria.

Yo soy todas ustedes, y seguramente algo de ustedes también soy yo. Pequeña diferencia, ¿no?

¿Qué decirles?


Cerró el cuaderno con la pesadumbre de un recién jubilado en una tarde de domingo.
No se le habían acabado las respuestas, se le habían acabado las preguntas.

Sólo allí descubrió que el pasado se había ido, igual que el último tren del día a Buenos Aires. Si todo era presente, entonces todo era nada. Nada valioso, al menos. Nada que ameritara seguir elucubrando palabras, perfecciones, razones o respuestas.

Miro al ventanal una vez más, con los ojos vidriosos del vaso de vodka, con la tristeza de Eugenia cada vez que la mostraba, y los ojos se le ponían como si hubiera bebido, y su único alcoholismo eran los desayunos sin despertador. Y sonrió con la picardía de Laura cada vez que terminaban de hacer el amor profusamente, y se amargó con la misma mirada que le regaló Maria el día que se fue a China.
Volvió al papel, no pudo evitar abrirlo. Leyó cada palabra cientos de veces. Compulsivamente comenzó a cambiar las frases, a intercambiarlas, a superponer adjetivos, nombres, intercambiarlos, borrarlos y escribirlos nuevamente.

No quedaba perfección, ni exactitud. No quedaban respuestas, menos aún, raciocinio.
Sólo recuerdos. Lo mismo que creaba, destruía, y volvía a crear. Al fin y al cabo, no había carta, sólo recuerdo, solo pasado.

Nada quedaba de aquella carta.

Y sin embargo, era la última.