domingo, 21 de noviembre de 2010

Con pocas preguntas, con todas las respuestas, con la certeza de otro próximo fracaso en las cuentas del haber, con nostalgia, impotencia, con el tibio e insulso sabor de la costumbre y de la búsqueda poco sagaz y hasta entonces (y siempre) vana, mi amigo se dirigió otra vez a su edificio, y tocó el 5° A de la calle San José. Allí lo atendió ella, que ya lo estaba esperando. Tardó unos minutos en bajar, como era su costumbre (siempre había algún atuendo que ponerse o algún pelo que arreglarse; o tal vez sólo demoraba para corresponderse con la teoría de él de que siempre son las mujeres que las que llegan tarde – al menos, era inobjetable su puntualidad, lo que le daba lugar para jactarse de aquello, con toda razón). La miró y ya le cambió el semblante. Aquellos ojos claros siempre habían sido su debilidad, y ella lo sabía, y le fascinaba ese juego de miradas, de “se mira y no se toca”, de sí pero no, de acércate pero no tanto. Le obsequió un beso en la mejilla y la abrazó, como era su costumbre ya, y la saludó como si nada hubiera pasado. Como si realmente hubiera una amistad entre ellos. Subió, tomó un café y lo invitó a pasar al cuarto. Al parecer, tenían que hablar. O se suponía, él tenía que hablarle. Ya detestaba su timidez, porque de sólo pensar en declararle sus sentimientos ya le temblaban las manos, bajaba la mirada, se ponía tímido y rígido y se quedaba inmóvil. Era consciente de ello y se machacaba más aún, y entraba en un círculo vicioso insoportable. Así que pateó (como siempre) la pelota para adelante, y comenzó una charla (como casi todas) superficial, corriente, casi de rutina. Que el trabajo, la facultad, que el novio de ella, que la madre...

Ella lo advertía, claro. Y es que desde pequeña, desde sus primeros años en el colegio primario ya sabía que contaba con el deleite de aquel muchacho que se desvivía por ella. Y era una suerte de pacto tácito. Ambos sabían de aquel sentimiento de antaño, que no cambiaba jamás. Es más: se acrecentaba con el tiempo. Pero ya eran otros. Al menos, más grandes.


- Bueno, me dijiste que tenías algo para decirme – dijo ella

Silencio. Estaba hecho una roca, no podía pronunciar palabra. Se sentía tan impotente. Porque, claro, por un lado, su timidez ante ella lo corrompía. Por otro lado, sabía que la respuesta de ella sería inexorablemente negativa, y además, ella estaba con otro. Con lo cual...no había ninguna posibilidad.

- ¿Sabes? Es curioso. Ya estamos grandes. Y siento que vos no me demostrás nada de lo que sentís. Yo sé lo que sentís porque...sencillamente , lo sé. Pero jamás lo escuché de tu boca, y no lo siento tampoco. Y así es muy difícil que puedas seducir a alguien, que alguien se enamore de vos.

Peor aún. Si ya su ánimo estaba mal, eso lo terminó de derrumbar. No encontraba consuelo. La mujer que amaba y por la que él creía que estaba dándolo todo, le estaba diciendo que nada de lo que él hacía le llegaba. Y en parte era cierto: nunca había hecho nada concreto como para demostrarle su sentimiento. Y se odiaba. Y la odiaba. Porque observaba cómo ella lo incitaba a hacer algo que sabía no tendría camino ni sentido. “Esta mujer propone que salte y me estrelle, contra un muro de piedras que alza en el cielo. Y como combustible, me llena de anhelo...”, sonó en su cabeza. Siempre le ocurría: en lugar de hechos, en su vida resonaban canciones, ideas, palabras que se esfumaban en sus pensamientos que nadie conocía del todo. Pensó en besarla apasionadamente, pensó en maldecirla por sus juegos, pensó...pensó. Pero no hizo nada. Se quedó inmóvil, con la amargura y la tristeza y la impotencia, la humillación que le provocaban aquellas palabras pronunciadas desde sus labios carnosos y su mirada de ojos claros, dulce, compasiva, penetrante, intolerable. Y sólo alcanzó a decir que la quería, que quería estar con ella. Nada más.

- Bueno, pero sabés que no se puede – dijo ella.

Y sí. Así era. Y por eso no soportaba su incitación. Era tan contradictorio.

- Creo que lo mejor va a ser que no nos veamos más. No nos hace bien a ninguno.

El nunca entendió el porqué. Al menos, no en ese momento. No podía soportar la idea de no verla más. Era dejar esfumarlo todo. Era la asunción práctica de su fracaso. Pero asumió las palabras de ella, creyendo (y así era) que a largo plazo, tendría razón.
Tomó su abrigo, cruzó la habitación.

- ¿Te vas?
- Sí – respondió él - . ¿Me abrís?

Bajaron el ascensor. No supo cómo despedirse.

- Perdón si te hice sentir mal con lo que te dije.

Sus palabras, según él, no merecían respuesta.

Cerró la puerta ella, la vio irse por el ascensor, y se quedó sentado unas horas, llorando en el umbral de su puerta, con la certeza de que sería la última vez que pisaría ese lugar.
Y con su cansancio a cuestas. Veía cómo su virilidad y su hombría se venían al suelo de un tirón.

A veces se cansaba de ser hombre.

Esta vez... se cansaba de no serlo.







La semana pasada, después de largo rato sin noticias, mi amigo volvió a escribirme. Al irse me dijo: "Voy a dar la vuelta al mundo y vuelvo" (siempre sale con esas frases que uno comprende tiempo después) , con lo cual, no me preocupé por su ausencia en unos días: era comprensible. De todos modos, considero que la clave está en considerar qué es para él "el mundo". Yo creo que habla de "su" mundo. Es decir: además de pasear, anduvo dándole vueltas a su cabeza. Tiene un particular espíritu selectivo. Naturalmente, todas las personas al decir una cosa, siempre dejan de lado otras. El punto está en el modo, la forma y la profundidad con que lo realizan. Mi amigo es, en ese sentido, bastante peculiar. Se remite a temas puntuales y omite por completo otros. Como aquel escritor que narra sus novelas en 1era persona.

El caso es que este buen muchacho anduvo (antes, cuando tenía más tiempo ; porque ahora trabaja - o, como dice él, en su terminología marxista irónica: "engroso felizmente las filas del proletariado urbano" - ) paseando un buen rato por su mente. Paseo que realiza a menudo, pero en determinados momentos se le acrecienta. Y esta vez, más aún. Pasado tiempo ya de aquella visita en la calle San José, lo había casi olvidado.

Sin embargo, hace unos días - me dijo- revolviendo viejos papeles y cosas metidas en cajas a medio embalar (resulta que también está por mudarse) , encontró viejos recuerdos, anécdotas, fotos, escritos. Entre ellos, aquel poema (en su momento, el primero que había escrito) realizado para aquella muchacha, "Será", cuyo título seguramente robó de algún cantautor moderno (aunque no se hizo problema por los Derechos de autor, dada la escasa difusión que tendría el mismo - una sola persona - ), y decía algo así como:

Será que este reencuentro se me hizo tan corto,
sera que me remuerde pensarte con otro,
será que es tarde, y me duele la mirada,
será que ya todo tiene gusto a nada

Será que me inhibes y me pongo cobarde,
será que siempre llego tarde,
será que tus besos no llegan ni pasado mañana,
será que no despierto con vos de madrugada

Será que hace frío y me duelen las costillas,
y de tanto esperarte sentado, no llego ni a la esquina,
será que hace 10 años que te pierdo,
será que tengo tanto miedo de encontrarte,
de perderte, de que me hables, de que me calle,
de que te mire y se te olvide que así no soy tuyo ni de nadie

Será que siempre lo arruino todo,
que no razono ni a tu forma ni a tu modo,
será que extraño tus abrazos, tus sabores,
tu aroma de recién levantada,
que no me sale ni mirarte a la cara

Será que ya no tengo ni las fuerzas ni las ganas,
será que ya nada es lo que era,
que mis dedos no cruzan tu frontera,
ni mis labios entienden los relieves de tu mapa

Será que esta espuma de certeza de pasado me ataca de frente y de costado,
sin piedad, sin escrúpulos y sin disimulo, con dardos de soledad,
inculcándome el terror que me produce el azar.

Será que no soy independiente,
que me quema la nostalgia del no haber hecho,
que por las noches no recojo flores en tu vientre,
que no siembro semillas en tu pecho

Será que tus labios ya son como espadas,
que no sientes ni temes si me matas,
que no duermes ni sueñas conmigo,
que no serás la madre de mis hijos "


Se sorprendió al leerlo. Se sorprendió especialmente de que no le disgustara lo que había escrito (generalmente la humildad y la autoestima no le permitían semejante lujo). Y pudo reencarnar los sentimientos que había tenido. Porque aquello había sido escrito horas después de aquel encuentro (que bien podríamos llamar: desencuentro).

El caso es que a pesar de sus escasos años en la facultad de Letras, mi amigo había adquirido de sobra la costumbre de cuestionarse las cosas. A veces sin sentido, pero a veces llegaba a cosas valorables.

Esta vez no. Con su tozudez a cuestas, decidió volver al 5to A de la calle San José. Esta vez no sé con qué propósito (no me lo dijo).
No contó detalles del encuentro, pero me dijo que había aprendido varias cosas. En 1er lugar, que las personas cambian. Incluso él mismo. Que las personas cambian, crecen, eligen determinadas cosas en determinados momentos, cosas que son funcionales a sus deseos y a sus necesidades, y que, cuando éstas cambian, las otras también se modifican. Por eso pudo comprender que aquella muchacha nada tenía que hacer en su vida. Porque no tenían nada en común. La encontraba tan insulsa ahora, tan poco deseable. Se preguntaba: "¿qué haría yo con ella?". Y no encontraba ninguna respuesta posible ni satisfactoria. No había nada ya. Continuó su charla con ella sin embargo, de cosas vanas, como siempre.

Decidió esta vez no volver, no tanto por su estado civil actual sino por su estado mental posterior. Y se quedó en su mundo. Miró el reloj. Eran las 7. Su mujer dormía en su pecho, mansa y tranquila, en paz.

"Me quedaré en mi mundo para siempre", dijo. "No me esperes".

Ya ven: sigue sin volver.




Pasó un poco el tiempo. Mi amigo se puso un poco más reflexivo (más aún), e intentó superar con ansias aquel tropezón.
Tardó un tiempo largo, la herida había sido profunda y no abundaban los medicamentos ni los vendajes para curarla. Era realmente complicado volver a confiar otra vez, entregarse, darlo todo sabiendo a que lo que había tardado en sanar podría volver a abrirse en menos de lo que dura un corto invierno.

Pero descubrió que no todo tiene porque ser necesario, no todo tiene que repetirse indefinidamente, las cosas no están escritas, asíque mucho menos las historias y las vivencias personales. Así que intento hacerse eco de aquella tesis, de intentar transformar la realidad además de comprenderla.

Y en aquel viaje por sí mismo y por su mundo, encontró aquella llave con la combinación correcta y en el momento indicado para abrir aquella puerta donde no había lugar para lamentos. Donde estaba a salvo. Con sonrisas inocentes, con caricias cada día más dulces, con certeza de presencia, con constancia, perseverancia, con convicción de futuro, de seguridad, de suelo firme, de mirada cómplice que lo dice todo sin decir nada, con entrega que lo da todo sin pedir nada.

Intentaba adentrarse en su nueva situación y lo lograba, pero de a ratos, porque que la vida fuera tan sencilla se le hacía incomprensible. Y la compañía mutua y las ganas de vivir y de soñar...más aún.

Otra vez sonaban canciones en su cabeza : "Quizás sólo dure un segundo este sueño, pero seguramente habrá merecido la pena".

Y no sólo eso: duraba meses ya, creo que 10. Al menos, ese tiempo hace que mi amigo escribe cartas cada día más felices, con paisajes cada día más claros, y se ha hecho eco de sus derrumbes para construir castillos de arena en el vientre de aquella muchacha, cada vez más fuertes, seguros y certeros.

Y como toda mezcla, cuanto más tiempo para mezclarse tuvieran sus elementos, se hacía cada vez más dulce, sabrosa, porque estos se combinaban y complementaban cada vez más.

El camino ya estaba sembrado y plagado de buenas intenciones.

Llegaba a fin de mes y amaba a una mujer: era el momento de empezar a caminarlo con pie firme.